Quito Colonial

Posted in Quito Colonial, on 5 enero 2018, by , 0 Comments

Al pasacalle Tuna Quiteña lo miran como un capítulo de la biografía de Quito. Uno que narra parte de la década de los años 40 y 50. Aquellos años cuando la ciudad tenía por norte la avenida Colón y el sur no pasaba de La Magdalena.

Es un corto relato musicalizado de la bohemia, de los bohemios, de la cotidianidad y tradiciones de una ciudad que rompía el cascarón y se extendía.  La ciudad crecía. Sectores como La Mariscal abandonaban definitivamente la ruralidad y su geografía se trazaba con calles, bordillos y manzanas, acompañados de los postes para la energía eléctrica.

Esta minibiografía musical tiene un creador: Leonado Páez Maldonado, que vivió entre 1912 y 1991. En ocho versos, se habla del enamoramiento, los bailes, los sitios y personajes populares de esos años. “En el santo del Quintana / vamos a pasar muy bien / asomate con tu hermana / para tomar lo que den.”

Cuando el pianista, compositor y arreglista riobambeño Paco Godoy comenzó a indagar sobre esta pieza musical, vio la necesidad de remitirse al Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Ahí vio que, como figurativo, tuna es aquella vida libre y vagabunda y, como adjetivo o sinónimo, es lo más cercano a pícaro.

Con  este antecedente, precisa que en el caso de la tuna quiteña, Páez Maldonado da cuenta que no es así: “Es tuna de gente buena / es una tuna de la legal”. Godoy precisa que el personaje de la canción es Avelino Quintana, propietario del bar El Desafío, ubicado en plena avenida 24 de Mayo, a la altura de la Imbabura. Para más señas, junto a lo que fue el Teatro Puerta del Sol. Hasta allá llegaban los chullas a conversar del día a día quiteño, de las noticias políticas, de los amigos y, sin duda, de los amores.

Ramiro Mosquera Regalado, periodista y autor de un libro sobre crónicas de Quito, dice que el bar El Desafío estaba entre las huecas de la ciudad. Un punto de encuentro que muchas  veces terminaba en Las Huacas, típico restaurante que en esos años estaba lejos, en lo que es ahora la avenida 10 de Agosto y Naciones Unidas.

Hasta allá iban a pasar el chuchaqui. En tranvía, llegaban a la Colón y 10 de Agosto y desde ahí, en mula o a pie, llegaban a Las Huacas. Hornado, tortillas, cueros y otros aperitivos criollos eran parte del menú para los amanecidos. No faltaban ni la rockola ni la cerveza. Y cómo hablar de farra sin referirse a los ‘curcos’ Victor, quiteñísima referencia del dúo conformado por los hermanos Andrade, invitados de casi todas las reuniones de los bohemios capitalinos.

La descripción de ese Quito también da cuenta de otros sitios tradicionales de la ciudad. El Sapo de Agua (La Ronda), El Cebollar (El Tejar) o Guangacalle (sector de La Alameda). Sitios en donde las quiteñas esperaban en el balcón la llegada del sereno o de la coqueta invitación a la salida de fin de semana.

Del Quito del Quintana, del que habló Leonardo Páez, quedan las casas coloniales y republicanas del Centro Histórico, aquel de las calles Benalcázar, Imbabura o Mejía. El valor de la canción es que sin ser historia cuenta parte de ella. Esto es lo que destaca el antropólogo Víctor Cifuentes, sin dejar de señalar que, con el paso del tiempo, van perdiendo ese valor.

Fuente: http://patrimonio.elcomercio.com/patrimonio-contemporaneo/la-tuna-quitena/historia#.Wk_sAHCgdPZ

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Posted in Cook, Food, Quito Colonial, Restaurant, on 21 diciembre 2017, by , 0 Comments

La historia de la cocina ecuatoriana está representada por platillos que permanecen hasta hoy en las mesas de los hogares. Son recetas que disfrutan todas las clases que han conformado la sociedad ecuatoriana por varias generaciones. El escritor, poeta e investigador culinario Julio Pazos decidió destacar estas preparaciones en su libro ‘Elogio de las cocinas del Ecuador’, de reciente presentación. El ‘elogio’ que propone Pazos es una grata sorpresa, una visión refrescante sobre el lugar de donde vienen las costumbres culinarias y todo lo que está alrededor de los platillos que se consumen con gusto. Reconocer el pasado que hay detrás de las recetas es responsabilidad de comensales y cocineros por igual. En todo momento, el libro es una máquina del tiempo que rescata el contexto en que se preparan los platos patrimoniales ecuatorianos. El texto de Pazos está planteado como un recorrido por los platos ecuatorianos desde la experiencia e investigación del autor, para difundir la vigencia de ciertas elaboraciones o su importancia dentro de la gastronomía local. “La cocina que predomina en el Ecuador es la interregional (…) Mas conviene insistir en que hablamos de la tradición viva y no de un rescate ni reconstrucción de ese factor”, menciona Pazos en su texto para fijar una línea conductora en la que las recetas del país son pasado y vigencia.

La lista de platos que plantea Pazos es extensa, pero varios se destacan por su trascendencia social, como la fanesca. El potaje que reaparece en restaurantes y hogares en Semana Santa es, para el autor, el plato patrimonial más emblemático. Este guiso reúne los sabores lampreados por su combinación salada con una guarnición dulce del plátano frito y las empanadas. Pero lo que resalta el autor es su simbología netamente barroca. Cuatro características hacen del plato un representante de esa época: la abundancia, porque lleva variedad de géneros; la fusión, porque mezcla vegetales con lácteos; la decoración sofisticada, por los adornos con empanaditas, tiras de pimiento, huevo duro y sus colores, así como el hecho de que tiene un complemento de celebración religiosa con el pescado como símbolo de Cristo. Este potaje y la colada morada se consideran representantes de la cocina ‘blanca’, pese a que son preparaciones que ingresaron desde las cocinas indígenas, señala Pazos al citar la investigación de Mary J. Weismantel -en su estudio realizado en la comunidad de Zumbahua en Cotopaxi-. A pesar del paso del tiempo y la variedad de recetas que se han creado alrededor de la fanesca, este plato continúa reuniendo a las familias ecuatorianas alrededor de la mesa. Bajo esta misma línea barroca, Pazos recuerda el rosero, un comeibebe con mote, piña, babaco, chamburo y naranjilla. El aditamento de celebración religiosa está en su consumo en fiestas como el Corpus Cristi. La fusión no se da solo por los sabores y olores sino por los actos de comer y beber. Pazos alude que ese refresco en el siglo XVIII pudo ser la contraparte del champús.

 

En tiempos prehispánicos la preparación del rosero tenía menos ingredientes pues únicamente se combinaba la harina de maíz con el mote y se obtenía el dulce con el yahuarmishky. Mientras que en el siglo XIX el rosero gozó de gran consideración y se convirtió en una de la bebidas predilectas de, por ejemplo, Manuela Sáenz, quien lo alude en sus cartas que hoy forman parte del Epistolario de la patriota quiteña en el Banco Central. Si bien el rosero no ha desaparecido del todo, Pazos hace notar que se prepara mayormente en festivales gastronómicos y ciertos locales de alta cocina que intentan crear nuevas versiones del refresco. Las humitas, por otro lado, no se han perdido aunque sí ha disminuido su preparación dentro de los hogares. Se las conoce también como choclotanda, “voz quichua que significa pan de choclo por su forma de bollo”. Esta preparación se extiende a lo largo de la región donde se desarrolló la cultura incaica como Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia. Ampliar Las humitas se consumen al desayuno o en la tarde con café. Pazos también comenta las anotaciones del jesuita italiano Mario Cicala sobre la cocina de la Presidencia de Quito. A mediados del siglo XVIII, Cicala relata, entre otras innumerables curiosidades, que la cocción al vapor de las humitas se hacía con una cama de carrizo y paja en una paila. Con la llegada de la olla tamalera, se facilitó la preparación de la humita, que antes solo se rellenaba con queso fresco; hoy se le añade sabor con un condumio de cebolla, queso y achiote. Entre anécdotas, Pazos evoca el encuentro de Richard Nixon –en calidad de vicepresidente de EE.UU.- con la cocina ecuatoriana. Degustó la humita en un menú que le ofreció el presidente Galo Plaza. Le pareció deliciosa la masa, “pero la lechuga de la cubierta estuvo muy áspera para tragarla”, según la frase que se recoge en el libro ‘Saber Alimentarse’ de Plutarco Naranjo. Turismo gastronómico ​ El libro también es un viaje en que Pazos ve a la cocina como patrimonio dinamizador del turismo culinario que, hoy, es una creciente tendencia.

La Organización Mundial del Turismo señala –en el último informe sobre viajes con fines gastronómicos- que la cocina es el tercer motivo de viajes, precedido por razones culturales y de naturaleza. Pazos apunta a una actividad poco explotada en el país y propone rutas que fusionan arte, arqueología y actividad culinaria en Cañar y Azuay, el noroccidente de Quito o el río Napo, por ejemplo. No solo importa comer bien, sino entender de dónde vienen y qué representan los ingredientes para las comunidades o ciudades que se visitan. Pazos, sin llegar a establecer una ruta dulce, señala un camino para encontrar los mejores postres tradicionales de Quito. Elabora un listado de locales que ofertan quesadillas, aplanchados, mistelas, rosquetes, higos enconfitados, entre otros postres del siglo XVIII.

Fuente: http://www.elcomercio.com/tendencias/viaje-cocina-ecuatoriana-historia-juliopazos.html#.WYhj3TW0PIg.facebook

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Posted in Quito Colonial, on 19 diciembre 2017, by , 0 Comments

La noche del 16 de diciembre se encendió el pesebre gigante, el más grande de América Latina, ubicado en el Panecillo, en el Centro de Quito.

Mauricio Rodas, alcalde Metropolitano, inició la cuenta regresiva y al llegar al cerro, el Pesebre se iluminó bajo la mirada de todos quienes llegaron hasta el Itchimbía para participar de esta celebración tradicional en nuestra ciudad.

“Quiero decirles que esto es parte de una tradición quiteña que ha ido creciendo, año a año, Somos un pueblo profundamente católico que disfruta la Navidad en la unidad de su familia y que además, aprovecha estas fiestas para desear lo mejor en el próximo año” manifestó Rodas.

El pesebre se enciende cada diciembre, el día de inicio de la novena, para dar la bienvenida a la Navidad y de esta manera iluminar las noches quiteñas.

Está compuesto por 9 figuras de entre 10 y 35 metros de alto. Los Reyes Magos, San José, los animales, el niño Jesús en su cuna y una estrella de Belén, las cuales acompañan a la virgen de Legarda conocida como de El Panecillo que representa a María.

Un total de 19.200 bombillos y 660 mangueras led iluminan el Pesebre del Panecillo

Adornos de Navidad como campanas y renos han sido localizados en 12 lugares de la ciudad, así Quito comienza a vivir las fiestas de Navidad y la despedida del Año 2017.

Fuente: https://www.metroecuador.com.ec/ec/noticias/2017/12/17/quito-se-encendio-pesebre-mas-grande-latinoamerica.html

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Posted in Cook, Quito Colonial, Restaurant, on 25 octubre 2017, by , 0 Comments

El país entero percibe aromas de mortiño, frutos rojos, piña, moras de Tisaleo, clavo de olor y la flor de la canela de la bella Amazonía, el Ishpingo. El feriado del Día de los Difuntos está cerca y las familias ecuatorianas esperan con ansías sus días de descanso para reunirse y preparar en conjunto la tradicional Colada Morada y las Guaguas de Pan.

Entre las tareas repartidas en la cocina y la sabiduría de nuestras abuelas y madres que emplean sus mejores secretos es necesario recordar que esta tradicional preparación la llevamos en la sangre desde épocas prehispánicas.

La primera Colada Morada se preparaba como un ofrecimiento sagrado a los seres queridos que se encontraban en el más allá y se la realizaba las épocas lluviosas (octubre – noviembre), cuando el agua refrescaba los campos.

Con el objetivo de conectarse con el más allá, se utilizaba el maíz negro, al considerarse como la fuente de donde había sido creado el hombre. También se relata la historia del uso de la sangre de llama, al tratarse de un animal sagrado. Poco a poco sus componentes fueron cambiando y se fueron agregando con la llegada de los españoles y la religión católica.

Hoy en día la Colada Morada es una bebida festiva, que endulza los hogares de todos los ecuatorianos, con aromas y sabores de frutos y especias. Moras, mortiños, naranjilla, frutillas, babaco, ataco, arrayán, cedrón, hierba luisa, hoja de naranjo, canela, clavo de olor, pimienta dulce y el aromático ishpingo son los ingredientes principales.

Con orgullo de nuestras tradiciones ancestrales, este día miércoles 21 de octubre se celebra una vez más en la ciudad de Quito el reconocimiento a los 18 establecimientos turísticos que conservan y difunden la tradicional Colada Morada.

En una alianza con la Alcaldía de Quito, Quito Turismo y el Centro de Investigación, Innovación y Promoción de la Gastronomía Ecuatoriana (CIGE) de la Universidad de las Américas, se llevará a cabo un evento de alto nivel, en el que los hoteles y los restaurantes premiados ofrecerán sus mejores recetas a los invitados. Además, el CIGE propone nuevas alternativas de cocina contemporánea con el mortiño, para incentivar a los ecuatorianos a utilizar este tesoro andino durante todo el año.

Por Carolina Pérez
Centro de Investigación, Innovación y Promoción de la Gastronomía Ecuatoriana de la UDLA

Fuente: http://www.ecuadortv.ec/noticias/turismo/colada-morada-una-bebida-ancestral

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