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En Quito lo antiguo no pierde vigencia, encuentra la manera de adaptarse a los nuevos tiempos.

Posted in Cook, Food, on 31 octubre 2018, by , 0 Comments

. Copa de agua

Copa de gran tamaño, ligeramente abombada. Utilizada para tomar agua y zumos.

Solo se debe llenar, como mucho, hasta 4/5 de su capacidad.

Su tamaño varía en función de cada cristalería. En algunas cristalerías esta copa es sustituida por un vaso, el vaso de agua.

Copa Agua - Copa Vino.

2. Copa de vino tinto

Copa ancha, de gran cavidad abombada. En las cristalerías más antiguas eran algo más pequeñas que las de agua, aunque ahora se empieza a imponer una gran copa.

Solo se llena hasta 2/5 a 3/5 de su capacidad. Todo depende del tamaño de la copa.

3. Copa de vino blanco

Es una copa algo más pequeña y estrecha que la copa de vino tinto (por su necesidad de tomarse frío).

Al igual que el vino tinto, solo debe llenarse como mucho a 2/5 de su capacidad.

Aunque en las cristalerías antiguas podían ser de color -por regla general, eran de color verde- no es una buena opción ‘tapar’ el color de un buen vino blanco.

Copa Vino Blanco - Copa Jerez.

4. Copa de Jerez

Ligeramente aflautada, de un tamaño medio y de pie corto. Utilizada para tomar los vinos dulces y de Jerez. Se utiliza también para tomar cualquier otro tipo de vino considerado de aperitivo como un Fino, un Oporto, etcétera.

No debe llenarse más de 2/3 de la capacidad de la misma.

5. Copa de champán

Alta, de cuerpo largo y aflautado, y corta de pie. La finalidad es retener las burbujas. No se deben utilizar las conocidas copas planas de champán que se han utilizado hasta hace unos pocos años.

La copa de cava o champán se puede llenar hasta unos 3/5 de su capacidad. No se debe servir desde mucha altura para evitar hacer mucha ‘espuma’.

Copa Champán - Copa Vermut.

6. Copa de vermouth – vermú

Es una copa corta y ancha en su boca, estrechándose a medida que se acerca al pie. Es indicada para determinados cócteles y para tomar el vermouth.

Se suele llenar en su totalidad -no hasta el borde- porque suele llevar elementos tales como hielo, una rodaja de limón o de naranja o cualquier otro ‘elemento de moda’ para este tipo de copas.

7. Copa de coñac

Gran copa, de amplia cavidad abombada y pie muy corto. Pensada para “abrazarla” con la mano y mantener templado su contenido. Utilizada para tomar el coñac y el brandy.

En algunas tienda especializadas se venden una especia de ‘mecheros’ que son calentadores para las copas de coñac o brandy. Son muy curiosos.

No se debe llenar más de 1/3 de su capacidad.

Copa Coñac - Copa Licor.

8. Copa de licor

Copa pequeña, de pie muy corto y escasa capacidad. Utilizada para todo tipo de licores, y una de las copas con más variantes en cuanto al temas de los diseños y las medidas.

Se puede llenar hasta 4/5 de su capacidad.

9. Vaso de tubo

Vaso alto (de unos 17-18 centímetros), sin pie. Utilizado principalmente en hostelería, para el servicio diverso de refrescos, copas y “cubatas”. También se puede utilizar como vaso de agua, si no tenemos copas de agua, o bien para tomar también un zumo.

Se puede llenar hasta 5/6 de su capacidad.

Vaso Tubo - Jarra Cerveza.

10. Jarra de cerveza

Jarra de diverso tamaño, de cristal grueso, utilizada para tomar cerveza. La más habitual es la jarra de medio litro -lo que equivale a una ‘pinta de cerveza’-. Se llena hasta que la espuma alcanza el borde.

No es habitual en los bares que la han sustituido por un vaso. En algunos lugares, se ha tomado la costumbre de mantener las jarras heladas en el congelador, pero es discutible porque depende del tipo de cerveza que vayamos a tomar.

Diseños, formas y tamaños de los vasos y las copas

Los diseños aquí expuestos solo son una representación de algunas de las piezas más comunes y habituales de una cristalería. No obstante, podemos encontrarnos multitud de formas, diseños, tamaños y colores diferentes.

Whisky - Cóctel - Licor Dulce.

FUENTE:https://www.protocolo.org/social/la-mesa/tipos-de-copas-como-se-utilizan.html

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Posted in Restaurant, on 20 septiembre 2018, by , 0 Comments

La tradicional colada morada junto con las guaguas de pan forman parte de la cultura gastronómica de Ecuador. El uso de ingredientes como la harina morada, el mortiño, la mora, la frutilla, la piña, el babaco, la hierba luisa, el ishpingo y la canela convierten a esta preparación en un gran potaje y fuente de vitaminas que aporta en su mayoría con energía a sus comensales.

Varios estudios delatan que este platillo inició en las fiestas indígenas al inicio y fin de sus cosechas. En el caso de la época de lluvias, de octubre y noviembre, se realizaban este tipo de preparaciones para celebrar el viaje de la vida con una óptica de cosmovisión andina.

Además, la cultura Quitu-Cara celebraba la ‘Fiesta de las Lluvias’ en la misma temporada que a sus difuntos con colada morada hecha a base de sangre de camélidos, como una ofrenda para su ‘viaje a la eternidad’.

En la actualidad, las interpretaciones culturales y culinarias en el país son muy variadas. Los ingredientes que forman parte de esta receta también pueden variar, al punto de transformar su sabor por completo.

Su acompañamiento

Lo que ahora se conoce como ‘guagua de pan’ es una representación de los difuntos envueltos en una cobija. Inicialmente eran grandes piezas de pan adornados con colores. Ahora, existe una gran variedad de formas de presentación. Las ‘guaguas’ pueden ser de sal o de dulce rellenas con mora, dulce de leche e incluso mermelada.

 

FUENTE: https://lahora.com.ec/noticia/1101879730/el-origen-de-la-colada-morada

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Posted in Cook, Food, mercados, Quito Colonial, Restaurant, on 17 septiembre 2018, by , 0 Comments

El locro de papas es un plato que ha viajado a través del tiempo, un plato ancestral, al cual se le han sumado ingredientes adoptados del viejo mundo como la cebolla, la leche y el queso, pero en su esencia sigue siendo el guiso espeso de papas que los aimaras preparaban y luego los incas. Los cuales también, a veces, le ponían maíz, charqui (carne seca) o zapallo y siempre, ají.

El locro es emblemático de la Sierra ecuatoriana, se hace con una papa de mediano tamaño llamada papa chola locrera, que tiene la particularidad de soltar bastante almidón, lo que da como resultado una sopa espesa. Las papas se cortan en dos tamaños diferentes, para que los trozos mas pequeños se deshagan y los grandes se vean en el plato. El locro de papas se sirve acompañado de trocitos de queso fresco, tajadas de aguacate y salsa de ají. A este mismo locro se le pueden añadir también otros vegetales como choclo, zapallo, acelgas, habas o sambo (alcayota en Chile), adoptando así el nombre del vegetal añadido, como “locro de choclo”  o “locro de acelgas” por ejemplo, y donde siempre la papa estará presente como base de la preparación.

Es una sopa realmente deliciosa, aquí en la casa la hacemos muy seguido y nunca falta en las cartas de la mayoría de los restaurantes de todo el país.

Dos salsas de ají para acompañar este plato: Salsa de Ají y Ajicero Criollo

FUENTE: http://www.confiesoquecocino.com/locro-de-papas/

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Posted in Restaurant, on 23 agosto 2018, by , 0 Comments

Las tortillas provienen de distintos países de América Latina como Chile, Bolivia, Perú, entre otros, y la palabra hace referencia a una torta pequeña, explica el historiador Pedro Reino.

En Ecuador las “tortillas de cemento o bonitísimas” son elaboradas con harina de maíz y contienen queso en su interior. Se asan sobre un tiesto de barro y su textura, una vez que ingresa a la boca, es suave, se disuelve y despedaza como si fuera cemento, de allí proviene su nombre.

“Estas sofisticadas tortillas, a pesar de ser muy sabrosas y originarias de Ecuador, poco tienen que ver con sus antepasadas del tiempo prehispánico”, comenta Pedro Reino. Los ingredientes que las componen como la manteca de cerdo, el queso, la cebolla blanca y los huevos, son elementos que trajeron los españoles en la época de la conquista, sin embargo, se ha conservado de la antigüedad la utilización del achiote, el maíz y su técnica de cocción, agrega.

Un ejemplo de esto se puede observar en el negocio de Clara Alvarado que junto a su abuela Lucía y Patricia, su hermana, elabora las bonitísimas en un pequeño local ubicado en el sector de Ingahurco, Ambato.

De una olla grande, donde reposa la masa, Doña Lucía toma pedazos de la blanca preparación y los rellena de queso. Después utiliza sus morenas y arrugadas manos para formar una bolita y aplastarla de tal forma que parezca una “tortillita”. Mientras tanto Clara y su hermana las colocan sobre un tiesto de barro, caliente gracias al carbón, allí se cuecen las pequeñas tortillas, mientras ellas cuidan que no se quemen.

“La preparación es herencia de mi abuela”, comenta Clara Alvarado. Sus clientes son fieles a sus deliciosas tortillas, sin embargo, su negocio también ofrece chicha de maíz mezclada con cola de mora y las sabrosas tinapas, que son una especie de ceviche de chochos con atún, dice.

David Vásquez asiste con su novia Belén Campaña los fines de semana y compra dos dólares de tortillas, es decir, diez unidades, que acompañan junto a una cola de mora y una tinapa.

Pero las Bonitísimas también se pueden disfrutar en Quito, restaurantes como Mi CocinaLa Tortilla y El Café de la Vaca ofrecen este característico plato ecuatoriano a sus clientes. La preparación de las tortillas en estos lugares se hace en horno a gas.

 

FUENTE: http://comolasangre.blogspot.com/2011/08/bonitisima-idea-una-tortilla-de-cemento.html

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Posted in Cook, Food, mercados, News, Quito Colonial, Restaurant, on 1 agosto 2018, by , 0 Comments

La quinua fue cultivada en los Andes bolivianos principalmente y también en los ecuatorianos y peruanos desde hace unos 5.000 años. Este cultivo, al igual que la papa fue uno de los principales alimentos en muchos pueblos andinos de la antigüedad preinca.

Son muchos los nombres con los que se denomina a la quinoa siendo el mas conocido el de quinua o arroz andino . Su nombre científico es Chenopodium Quinoa. En quechua, se conoce también a la quinoa como: Ayara,
La quinoa, alimento sagrado en la época de los Incas. La quinua es un producto de la tierra que se cultiva en Bolivia, Perú y países aledaños. Su cultivo se remonta al Imperio de los Incas. Fue considerado un alimento sagrado, siendo, junto a la papa, la base de la agricultura andina imperial.Bolivia, un país sudamericano, con regiones altiplánicas; es cuna de uno de los alimentos más apreciados de los que dispone la humanidad. Sus áreas de cultivo se encuentran a más de 3,500 metros de altura, principalmente en los departamentos de Oruro y Potosí de los cuales procede la mejor quinua del mundo.
La quinua (Chenopodium quinoa) es un pseudo-cereal, rico en proteínas (14%) que se desarrolla bajo los extremos condiciones agroecológicos de un desierto de altura, con una precipitación anual de apenas 250 mm, alrededor de 210 días de heladas al año y unos suelos arenosos, pobres en nutrientes y materia orgánica.
A pesar de estas condiciones adversas, es precisamente aquí donde crece la quinua ­ el grano sagrado de los aymaras. Sin embargo, para que este grano pueda ser consumido por el ser humano, en primera instancia debe sufrir un proceso de desaponificación, mediante el cual se remueve mecánicamente la capa amarga de saponina que recubre el grano en la parte exterior.
Desde el punto de vista de su variabilidad genética puede considerarse como una especie oligocéntrica, con centro de origen de amplia distribución y diversificación múltiple, siendo la región andina y dentro de ella, las orillas del Lago Titicaca, las que muestran mayor diversidad y variación genética.Una evidencia del uso de la quinua se encuentra en la cerámica de la cultura Tiahuanaco, que representa a la planta de quinua, con varias panojas distribuidas a lo largo del tallo, lo que mostraría a una de las razas más primitivas.
A la llegada de los españoles, la quinua tenía un desarrollo tecnológico apropiado y una amplia distribución en el territorio Inca y fuera de el. El primer español que reporta el cultivo de quinua fue Pedro de Valdívia quien al observar los cultivos alrededor de Concepción, menciona que los indios para su alimentación siembran también la quinua entre otras plantas. Posteriormente, Bernabé Cobo, confunde la quinua con la Kiwicha e indica que la quinua es una planta muy parecida al bledo de Europa. Garcilaso de la Vega, en sus comentarios reales describe que la planta de quinua es uno de los segundos granos que se cultivan sobre la faz de la tierra denominada quinua y que se asemeja algo al mijo o arroz pequeño, y hace referencia al primer envío de semillas hacia Europa, las que desafortunadamente llegaron muertas y sin poder germinar, posiblemente debido a la alta humedad reinante durante la travesía por mar.Posteriormente, Cieza de León (1560), indica que la quinua se cultivaba en las tierras altas de Pasto y Quito, mencionando que en esas tierras frías se siembra poco maíz y abundante quinua. También Patiño (1964), menciona que en sus revisiones sobre La Paz, se habla de la quinua como una planta que servía de alimento a los indígenas (Jimenes de la Espada, 1885, II, 68) y finalmente Humboldt, al visitar Colombia indica que la quinua siempre ha acompañado y seguido a los habitantes de Cundinamarca.

FUENTE:  http://laquinuareal.blogspot.com/2010/06/historia-y-origen-de-la-quinua-o-quinoa.html
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Posted in Quito Colonial, Restaurant, Turismo, on 26 julio 2018, by , 0 Comments

Las tatarabuelas del iPad y de los demás reproductores musicales, las rocolas, están en decadencia después de casi 70 años de ser el alma de la fiesta en las tiendas y cantinas más tradicionales de Quito. La pregunta del millón es ¿qué pasó con las rocolas? Pues se han convertido en adornos en negocios y domicilios. En materia de rocolas, quién mejor que Don Vicente Quillupangui, un experto en el tema. Ha ensamblado y reparado estos reproductores por más de 40 años. Es el único en la ciudad que se dedica al oficio y recuerda que las rocolas existían antes de la Segunda Guerra Mundial y eran fabricadas en Estados Unidos y Alemania. Para quienes no sabían de qué estamos hablando, estos reproductores son aparatos de grandes dimensiones que (según su tamaño) guarda una cantidad de discos de acetato de 45. Tiene una apertura donde se inserta una moneda y teclas para digitar el código del disco que se desea ¿y después? Nada, ¡a disfrutar de la música se ha dicho!

Estos aparatos tardaron 20 años en llegar al país y animaban el ambiente de los bares, cantinas y fondas quiteñas a partir de los años 60 al ritmo de pasillos, boleros, san juanitos y hasta rock clásico. “En esa época era caras, valían más que mi camioneta, costaban más de 1000 000 sucres”, recuerda Quillupangui. En 1965, unos empresarios colombianos fundaron en Quito la ensambladora de rocolas System Ecuatoriana. La compañía quebró en 1970 y llevaron todos los equipos a Guayaquil donde “había gente con más dinero y luego hasta empezaron a importar”, señala Quillupangui, exempleado de la empresa. Con la llegada de aparatos  más modernos, como los equipos de sonido, las rocolas  fueron refundiéndose poco a poco en los rincones de bares, casas, etc.  Según Quillupangui, “ahora les tienen como un adorno de lujo. Cuando entran a un lugar y ven a una : los adultos se alegran, pero los niños y jóvenes ya ni saben ni qué es”.

Sin embargo, para un mercado más exigente se abrió una nueva oferta de modernas rocolas. que se caracterizan por su potencia, su calidad y, sobre todo,  su tecnología. Un ejemplo de esto es  Tecno Rockolas es una empresa ubicada en el estado de Nuevo León, México, que se dedica a la fabricación y distribución de estos aparatos. Estas vienen con todos los ‘juguetes’ incluidos. Tienen un disco duro de 1TB, monitor LCD de 20 pulgadas, mezcladora amplificada de 4 canales con lector USB y SD, dos micrófonos inalámbricos, teclado numérico y hasta un buscador por género, artista, abecedario y nombre.  Esta es una muestra de cómo la tecnología se ha apoderado de todo, incluyendo a uno de los primeros reproductores musicales. “Estos fueron los primeros robots que hicieron los gringos, a raíz de la fabricación de la rocola inició la era de la robotización”, señala Vicente Quillupangui. Y para no quedarse con las ganas de tener uno de estos aparatos, o lo más parecido a uno, también hay una propuesta local. En Radio Shack ofrecen parlantes Bluetooth con el estilo de una rocola iluminada que tiene 83 cm de alto. Si el destino de las rocolas fue terminar como un adorno, pues debe ser como uno de lujo. Además de acetatos repletos de buena música, guardan tradición e innumerables historias de los clientes de las tiendas y cantinas de una ciudad colonial.

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección: https://www.elcomercio.com/afull/rocolas-quito-adornos-reparacion-musica.html

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Posted in Restaurant, on 23 julio 2018, by , 0 Comments

¿Cuántas veces un sabor o un olor le transportó a épocas pasadas? Seguramente la sensación de  ‘volver a vivir’ le dejó impregnada una huella de nostalgia. Es lo que siente la quiteña Mariana Arévalo, con 63 años de edad, cuando recuerda a su madre hacer  los deliciosos buñuelos derramados con miel en la cena navideña. “Mi madrecita reunía a sus hijos para esas fechas especiales y todos nos divertíamos ayudándole a preparar la comida. A veces uno de nosotros no se resistía y se adelantaba a darle una probadita”, relata con emoción. Ella no puede contener la tristeza al ver que el tiempo se ha encargado de deteriorar algunas costumbres. A tal punto que en la actualidad, pocos son  los jóvenes que conocen de  ellas. Entre los lugares  que se le vienen a la mente cuando se le pregunta dónde se sirve esta exquisitez,  menciona el Madrilón, un antiguo café del  centro de la ciudad donde ya no se preparan más los deliciosos buñuelos. A pesar de esto, existen familias ecuatorianas que conservan las   viejas recetas y hasta ciertas estrategias con las que se lucen en las festividades decembrinas. Estos ‘truquitos’ en la sazón son pasados de generación en generación y a veces se convierten hasta en una forma de subsistencia. Es el caso de Vanessa Villacís, quien se hizo cargo del puesto de pristiños y buñuelos con el que participaba su madre en las ferias anuales de gastronomía quiteña antes de morir. “ Hace tres años alterno mis estudios y las tareas de la casa con la preparación de los dulces como una forma de preservar esta práctica familiar”, comenta. Una sonrisa acompaña todas sus ventas. La amabilidad es una de las cualidades que atraen a los que asisten a estos festivales en los que la añoranza se apropia de los escenarios y se vuelve protagonista de los festejos.  El anhelo de Vanessa es  entregarle a sus descendientes la posta para que sigan con el negocio. “Cuando tenga hijos les enseñaré los secretos de la receta de la abuela”. Antecedentes históricos Para la historiadora de comida, Carmen Sevilla, esta exquisitez es una tradición con influencia árabe-española. “Seguramente   los españoles la trajeron acá en época de la Colonia y se convirtió en un dulce característico de Navidad. Originalmente se hacía con harina de trigo. Luego, en América, específicamente en Ecuador, aparecen provincias como Loja y  Azuay, en las que se elabora con yuca”, explicó. Al remitirse a su experiencia personal, la experta recuerda que en la Nochebuena, se servía este plato como postre. “Esta usanza  ha sido poco a poco desplazada por los denominados  ‘cakes’ o panes de Navidad que vienen con frutas confitadas, propio de la tradición anglosajona”, sostuvo. Al preguntarle el porqué del nombre, afirma que siempre se lo conoció con esa denominación y que la característica principal es que se fríe en abundante aceite. Además, se sirve con la miel clara u oscura hecha de raspadura. Las personas dedicadas a este especial oficio aseguran que la elaboración de los confites no tiene ninguna formula mágica ni es cosa del otro mundo. Pero lo que sí es necesario a la hora de elaborar las delicias nacionales es tomar en cuenta la dosis exacta de harina, que junto con los otros ingredientes se tiene que batir hasta que quede en el punto perfecto. Delicioso acompañante El chocolate caliente es la bebida característica para terminar el 24 de diciembre. La calidez hogareña se combina con  la parte dulce de la noche que es la parte preferida por los niños, ya que es también la antesala a recibir los regalos que todo el año le pidieron a Papá Noel. Así lo expresa Mario Rivadeneira, que a sus 10 años de edad dice que una de las cosas que más le gustan es  tomar el ‘chocolatito espeso que hace su nana’. Para algunos esta  sola taza puede reanimar el alma y calentar hasta el más frío de los días. Así que en esta Nochebuena no pueden faltar los abrazos,  los buñuelos y el cacao.

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección:http://www.elcomercio.com/actualidad/bunuelos-dulce-recuerdo.html. Si está pensando en hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. ElComercio.com

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Posted in Cook, Food, Quito Colonial, Restaurant, Turismo, on 11 julio 2018, by , 0 Comments

Posiblemente, se encuentre en Asturias puesto que desde hace siglos, siempre que se citaba el arroz, estaba directamente relacionado con la leche. Al igual que otros muchos platos tradicionales, surgió como respuesta creativa para aprovechar las sobras de otros alimentos. Y es que, es uno de los postres más fáciles de realizar ya que se cuece el arroz en leche, azúcar y canela.

Cuando todavía no se había inventado el azúcar, la receta se realizaba con miel. Con el paso de los años, ésta sería sustituida por el azúcar de caña a finales del siglo XIX. No sería hasta el siglo XX cuando aparecería en los hogares y en las casas de comida el azúcar blanco, que se usaría para realizar la receta tal y como conocemos hoy en día.

 

FUENTE: https://www.casaalberto.es/blog/213-el-origen-del-arroz-con-leche.html

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Posted in Restaurant, on 10 julio 2018, by , 0 Comments

A sus 67 años aún camina despacio durante ocho horas diarias, en busca de clientes por las calles del norte de Quito. Ese trajín lo cumple desde hace 42 años. Nicolás Sinche aprendió a preparar y a vender el ponche por su hermano Manuel. A los 25 años dejó su trabajo en una piladora en Guayaquil y se trasladó a la capital ecuatoriana. Sinche, moreno, de ojos negros, de 1,57 metros de estatura y de 140 libras, siempre empuja un carrito de una rueda con un tanque blanco, en el que guarda la golosina que se derrite en el paladar. Su carretilla actual es la cuarta que ha tenido. Desde el barrio La Comuna, frente al Teleférico, Nicolás sale de su casa con el tanque en su mano a las 07:00. Toma un bus que le acerca a la calle Miguel Gavidia y av. 6 de Diciembre. Allí recoge el carrito de madera que le hizo un carpintero a USD 160. Como todos los días, este riobambeño viste un impecable mandil blanco y gorra de marinero adornada con una pequeña bandera del Ecuador. En un cajón, fijado en la parte baja de la carretilla, guarda vasos, fundas pequeñas, arrope de mora, dulces y grageas de colores. Además lleva una chompa y un poncho de agua por si llegara a llover. Los poncheros no tienen lugar fijo para trabajar. Su territorio comprende desde el parque La Carolina hasta el Comité del Pueblo. Sin embargo, en la Escuela República de Paraguay y Colegio Central Técnico, sector de la Jipijapa, los niños y jóvenes le buscan al mediodía para comprar las funditas de USD 0,10. Pero también tiene en vaso. Siempre tiene dos torres de vasos plásticos: el verde, de 7 onzas, para los ponches de USD 0,50 y el transparente, de 5 onzas, para los ponches de USD 0,25. Por una llave de agua sale una delicada espuma con sabor a mora, coco o piña, dependiendo el día. Pasado el mediodía, el sol y el caminar le agotan. Aprovecha para almorzar en la calle Palmeras, se quita la gorra marinera y se seca el sudor de la frente. Al carrito blanco con celeste se acerca un cliente. “Deme uno de USD O,50 con muchas grageas”, pide Hernán Puente, de 32 años, quien asegura que compra siempre que tiene la suerte de hallar a los poncheros, porque ahora es más difícil encontrarlos. Sinche pertenece a la Asociación de Poncheros Magolita, fundada en 1967. “Antes éramos como 70, hoy somos 15”, dice Sinche, mientras traslada su carrito por las avs. El Inca y 6 de Diciembre. Asegura que dicha calle era antes empedrada y que eso le dificultaba caminar con la carretilla. Mensualmente los poncheros se reúnen en una casa del tradicional barrio Mama Cuchara, centro de Quito, donde cancelan una cuota de USD 3. Sinche es el actual tesorero y se encarga de recoger el dinero. Con lo recogido cada mes han logrado tener fondos para ayudar cuando un miembro se enferma. También colaboran con las familias de los compañeros que fallecen. Además, los miembros de la asociación pueden hacer préstamos de hasta USD 500. Horas más tarde, antes de regresar a su casa, desde las 15:30 se ubica en la gasolinera Puma, de la avenida El Inca. Sinche suele estar siempre con un periódico en sus manos. “Mientras lee está atento a sus clientes y se toma ese tiempo para descansar”, sostiene Wilson Jiménez, trabajador de una empresa de telecomunicaciones , ubicada en este sector. Nicolás Sinche tiene seis hijos; cuatro viven con él. Ángel, su hijo mayor, es el único que heredó durante tres años este oficio. Cuando terminó los estudios primarios en la escuela Tomebamba, en Chimborazo, ayudaba a su padre durante la mañana. Ángel define a su padre como un gran trabajador, que no le gusta descansar ni en feriados, porque en esos días vende más. “Si un día no trabajo no hay comida, somos siete barrigas”, sostiene entre rizas Sinche. Las ganancias del día fueron USD 10; sin embargo, al pasar por el supermercado gastó USD 7. Compró 3 kilos de arroz, avena, tallarín y una libra de pollo. Le quedan USD 3 para leche, pan y el pasaje del bus. Al recordar sobre sus inicios en este oficio, señala que allí vendía más ponches y que ahora hay más dificultades en este negocio. “Antes se vendía como 50 ó 70 ponches al día, ahora con tanta competencia de bolos ya no se vende igual porque cuestan USD 0,10”. Con la voz entrecortada por la emoción de recordar tantos años de trabajo, este riobambeño seguirá trabajando en esta tradición quiteña. Entre sus anhelos está regresar a su ciudad natal, donde siempre que puede apoya a su equipo preferido el Olmedo. El uniforme Los  sábados  y domingos el uniforme de los miembros   de la Asociación de poncheros Magolita es camisa celeste, saco blanco y pantalón azul marino. Los sábados  se le puede encontrar a Nicolás Sinche en el Comité del Pueblo. En cambio los domingos recorre   el parque  La Carolina. Dos horas de preparación Nicolás Sinche prepara el ponche durante las noches. Luego del trajín diario para vender el producto, llega a su casa a las 19:30.  Allí le espera su esposa María Luisa Pérez con la merienda lista. Luego se pone manos a la obra. Entre los ingredientes que utiliza están maicena, azúcar, cervezas y frutas.  El proceso inicia con la mezcla de la maicena y ocho libras de azúcar.  Las deja hervir durante 15 minutos. Luego cierne la mezcla en una bandeja de plástico a la que agrega tres cervezas pequeñas. Le añade una libra   de  mora fresca licuada (también usa otras frutas). Sin embargo, el toque secreto se lo guarda para él. La preparación le toma unas dos horas. La primera en probar este rico manjar es Nicole, su nieta de 3 años de edad.

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO http://www.elcomercio.com/actualidad/quito/sinche-de-15-poncheros-de.html. Si está pensando en hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. ElComercio.com

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Posted in Restaurant, on 28 junio 2018, by , 0 Comments

La capital ecuatoriana es cuna de tradiciones y sus colaciones, que cumplen cien años, halagan el paladar de los quiteños y se resisten a desaparecer, aunque sólo un artesano sigue con la elaboración de estos dulces. A comienzos del siglo pasado muchas familias se dedicaban en Quito a la elaboración de esos dulces, imprescindibles en los bolsillos de los escolares de la época, pero ahora sólo sobrevive el negocio de colaciones de Luis Banda. Banda es heredero orgulloso de una tradición que se resiste a dejar que desaparezca “mientras viva”, según dice este año, en el que sus golosinas cumplirán un siglo. Su abuela, Hortensia Espinosa, aprendió el oficio de unas tías suyas y en 1915 fundó un pequeño negocio de colaciones en un local ubicado frente a la Cruz Verde, en el populoso barrio de San Roque. Luis heredó el oficio y mantiene hasta ahora Las colaciones de la Cruz Verde, pese a que no es un negocio muy rentable que deje muchos réditos económicos. “Es un negocio familiar” y de esa manera permanecerá, afirma Luis, cuyo local se trasladó del sitio original a otro lugar cercano, donde comparte los quehaceres con su mujer. Es consciente de que quizá sea el último de los artesanos de las colaciones, aunque no pierde la esperanza de que alguien continúe con la tradición que ha encantado a los quiteños desde hace un siglo. La colación es un pequeño dulce redondo con relleno de maní o almendra, en cuya elaboración se utiliza azúcar, agua, limón, esencias y “algunos otros secretitos”. Desde que su abuela empezó con el negocio, las colaciones “son las mismas” en sabor y textura y, por eso, Luis se atreve a decir que las de ahora son las mismas que las de hace cien años. Indígenas, autoridades, ricos y pobres visitan el local todos los días para comprar las colaciones de la Cruz Verde: “No hay presidente de la República que no haya probado mis colaciones, pero el más goloso fue el doctor (José María) Velasco Ibarra”, que gobernó en distintos periodos entre 1952 y 1972. Su caramelo es muy apetecido, sobre todo por los mayores, ya que a los jóvenes, según acepta, “les gustan más, no sé por qué, los caramelos de colorantes que venden en las tiendas”. Además, el producto que elabora “es sano, no es nocivo” y tiene un aditamento que lo hace especial, cuenta Luis al revelar uno de los secretos más preciados en la elaboración del caramelo: “Aquí se pone agua bendita”. Por eso, a más de endulzar el paladar, “cura el alma” y parece ser un elixir para algunos ancianos. “Algunos viejitos vienen y me dicen: si no chupo dos colaciones por la noche no puedo dormir”, cuenta Luis. Aunque lo ha pensado, el caramelero quiteño no tiene intención de expandir su negocio, menos aún de adquirir maquinaria para aumentar la producción y exportar. “Es un negocio familiar” y “esto se mantendrá así, tal como está. Esa es la promesa que hice”, señala Luis, que aprendió el oficio de su abuela y de sus padres. “Mientras tenga salud y vida, las colaciones de la Cruz Verde no van a faltar jamás”, afirma al recordar que a su negocio han llegado también emigrantes que han retornado al país y extranjeros atraídos por la fama de la que gozan sus caramelos. Su vida cotidiana comienza muy temprano en la mañana, cuando alista los materiales para hacer varias “paradas” o tandas de caramelos. Hierve el azúcar con el agua hasta tener una jalea melosa, luego coloca el maní o las almendras en un viejo pailón (cacerola poco profunda) grande, heredado de sus padres, que agita ágilmente en un movimiento pendular. El fuego y el bronce, como si fuesen mágicos, moldean las pequeñas canicas de dulce que adquieren colores intensos, dependiendo de las especias con las que se mezcla la miel. A los ojos aparecen cientos de bolitas verdes, tomates o blancas que ya bien definidas se ponen en cestos para la venta. Este oficio seguirá “mientras Dios me de vida”, asegura Luis Banda, cuyas colaciones forman parte de una de las más dulces tradiciones quiteñas.

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección:http://www.elcomercio.com/tendencias/colaciones-dulces-tradicion-quito-lascolacionesdelacruzverde.html. Si está pensando en hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. ElComercio.com

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