Centro Histórico: 098 266 7954 reservas@hastalavuelta.com

Posted in Cocina Quiteña, Comida Quiteña, Mercados de Quito, Novedades, Quito Colonial, Restaurante, on 1 agosto 2018, by , 0 Comments

La quinua fue cultivada en los Andes bolivianos principalmente y también en los ecuatorianos y peruanos desde hace unos 5.000 años. Este cultivo, al igual que la papa fue uno de los principales alimentos en muchos pueblos andinos de la antigüedad preinca.

Son muchos los nombres con los que se denomina a la quinoa siendo el mas conocido el de quinua o arroz andino . Su nombre científico es Chenopodium Quinoa. En quechua, se conoce también a la quinoa como: Ayara,
La quinoa, alimento sagrado en la época de los Incas. La quinua es un producto de la tierra que se cultiva en Bolivia, Perú y países aledaños. Su cultivo se remonta al Imperio de los Incas. Fue considerado un alimento sagrado, siendo, junto a la papa, la base de la agricultura andina imperial.Bolivia, un país sudamericano, con regiones altiplánicas; es cuna de uno de los alimentos más apreciados de los que dispone la humanidad. Sus áreas de cultivo se encuentran a más de 3,500 metros de altura, principalmente en los departamentos de Oruro y Potosí de los cuales procede la mejor quinua del mundo.
La quinua (Chenopodium quinoa) es un pseudo-cereal, rico en proteínas (14%) que se desarrolla bajo los extremos condiciones agroecológicos de un desierto de altura, con una precipitación anual de apenas 250 mm, alrededor de 210 días de heladas al año y unos suelos arenosos, pobres en nutrientes y materia orgánica.
A pesar de estas condiciones adversas, es precisamente aquí donde crece la quinua ­ el grano sagrado de los aymaras. Sin embargo, para que este grano pueda ser consumido por el ser humano, en primera instancia debe sufrir un proceso de desaponificación, mediante el cual se remueve mecánicamente la capa amarga de saponina que recubre el grano en la parte exterior.
Desde el punto de vista de su variabilidad genética puede considerarse como una especie oligocéntrica, con centro de origen de amplia distribución y diversificación múltiple, siendo la región andina y dentro de ella, las orillas del Lago Titicaca, las que muestran mayor diversidad y variación genética.Una evidencia del uso de la quinua se encuentra en la cerámica de la cultura Tiahuanaco, que representa a la planta de quinua, con varias panojas distribuidas a lo largo del tallo, lo que mostraría a una de las razas más primitivas.
A la llegada de los españoles, la quinua tenía un desarrollo tecnológico apropiado y una amplia distribución en el territorio Inca y fuera de el. El primer español que reporta el cultivo de quinua fue Pedro de Valdívia quien al observar los cultivos alrededor de Concepción, menciona que los indios para su alimentación siembran también la quinua entre otras plantas. Posteriormente, Bernabé Cobo, confunde la quinua con la Kiwicha e indica que la quinua es una planta muy parecida al bledo de Europa. Garcilaso de la Vega, en sus comentarios reales describe que la planta de quinua es uno de los segundos granos que se cultivan sobre la faz de la tierra denominada quinua y que se asemeja algo al mijo o arroz pequeño, y hace referencia al primer envío de semillas hacia Europa, las que desafortunadamente llegaron muertas y sin poder germinar, posiblemente debido a la alta humedad reinante durante la travesía por mar.Posteriormente, Cieza de León (1560), indica que la quinua se cultivaba en las tierras altas de Pasto y Quito, mencionando que en esas tierras frías se siembra poco maíz y abundante quinua. También Patiño (1964), menciona que en sus revisiones sobre La Paz, se habla de la quinua como una planta que servía de alimento a los indígenas (Jimenes de la Espada, 1885, II, 68) y finalmente Humboldt, al visitar Colombia indica que la quinua siempre ha acompañado y seguido a los habitantes de Cundinamarca.

FUENTE:  http://laquinuareal.blogspot.com/2010/06/historia-y-origen-de-la-quinua-o-quinoa.html
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Posted in Restaurante, on 23 julio 2018, by , 0 Comments

¿Cuántas veces un sabor o un olor le transportó a épocas pasadas? Seguramente la sensación de  ‘volver a vivir’ le dejó impregnada una huella de nostalgia. Es lo que siente la quiteña Mariana Arévalo, con 63 años de edad, cuando recuerda a su madre hacer  los deliciosos buñuelos derramados con miel en la cena navideña. “Mi madrecita reunía a sus hijos para esas fechas especiales y todos nos divertíamos ayudándole a preparar la comida. A veces uno de nosotros no se resistía y se adelantaba a darle una probadita”, relata con emoción. Ella no puede contener la tristeza al ver que el tiempo se ha encargado de deteriorar algunas costumbres. A tal punto que en la actualidad, pocos son  los jóvenes que conocen de  ellas. Entre los lugares  que se le vienen a la mente cuando se le pregunta dónde se sirve esta exquisitez,  menciona el Madrilón, un antiguo café del  centro de la ciudad donde ya no se preparan más los deliciosos buñuelos. A pesar de esto, existen familias ecuatorianas que conservan las   viejas recetas y hasta ciertas estrategias con las que se lucen en las festividades decembrinas. Estos ‘truquitos’ en la sazón son pasados de generación en generación y a veces se convierten hasta en una forma de subsistencia. Es el caso de Vanessa Villacís, quien se hizo cargo del puesto de pristiños y buñuelos con el que participaba su madre en las ferias anuales de gastronomía quiteña antes de morir. “ Hace tres años alterno mis estudios y las tareas de la casa con la preparación de los dulces como una forma de preservar esta práctica familiar”, comenta. Una sonrisa acompaña todas sus ventas. La amabilidad es una de las cualidades que atraen a los que asisten a estos festivales en los que la añoranza se apropia de los escenarios y se vuelve protagonista de los festejos.  El anhelo de Vanessa es  entregarle a sus descendientes la posta para que sigan con el negocio. “Cuando tenga hijos les enseñaré los secretos de la receta de la abuela”. Antecedentes históricos Para la historiadora de comida, Carmen Sevilla, esta exquisitez es una tradición con influencia árabe-española. “Seguramente   los españoles la trajeron acá en época de la Colonia y se convirtió en un dulce característico de Navidad. Originalmente se hacía con harina de trigo. Luego, en América, específicamente en Ecuador, aparecen provincias como Loja y  Azuay, en las que se elabora con yuca”, explicó. Al remitirse a su experiencia personal, la experta recuerda que en la Nochebuena, se servía este plato como postre. “Esta usanza  ha sido poco a poco desplazada por los denominados  ‘cakes’ o panes de Navidad que vienen con frutas confitadas, propio de la tradición anglosajona”, sostuvo. Al preguntarle el porqué del nombre, afirma que siempre se lo conoció con esa denominación y que la característica principal es que se fríe en abundante aceite. Además, se sirve con la miel clara u oscura hecha de raspadura. Las personas dedicadas a este especial oficio aseguran que la elaboración de los confites no tiene ninguna formula mágica ni es cosa del otro mundo. Pero lo que sí es necesario a la hora de elaborar las delicias nacionales es tomar en cuenta la dosis exacta de harina, que junto con los otros ingredientes se tiene que batir hasta que quede en el punto perfecto. Delicioso acompañante El chocolate caliente es la bebida característica para terminar el 24 de diciembre. La calidez hogareña se combina con  la parte dulce de la noche que es la parte preferida por los niños, ya que es también la antesala a recibir los regalos que todo el año le pidieron a Papá Noel. Así lo expresa Mario Rivadeneira, que a sus 10 años de edad dice que una de las cosas que más le gustan es  tomar el ‘chocolatito espeso que hace su nana’. Para algunos esta  sola taza puede reanimar el alma y calentar hasta el más frío de los días. Así que en esta Nochebuena no pueden faltar los abrazos,  los buñuelos y el cacao.

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección:http://www.elcomercio.com/actualidad/bunuelos-dulce-recuerdo.html. Si está pensando en hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. ElComercio.com

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Posted in Cocina Quiteña, Comida Quiteña, Quito Colonial, Restaurante, Turismo, on 11 julio 2018, by , 0 Comments

Posiblemente, se encuentre en Asturias puesto que desde hace siglos, siempre que se citaba el arroz, estaba directamente relacionado con la leche. Al igual que otros muchos platos tradicionales, surgió como respuesta creativa para aprovechar las sobras de otros alimentos. Y es que, es uno de los postres más fáciles de realizar ya que se cuece el arroz en leche, azúcar y canela.

Cuando todavía no se había inventado el azúcar, la receta se realizaba con miel. Con el paso de los años, ésta sería sustituida por el azúcar de caña a finales del siglo XIX. No sería hasta el siglo XX cuando aparecería en los hogares y en las casas de comida el azúcar blanco, que se usaría para realizar la receta tal y como conocemos hoy en día.

 

FUENTE: https://www.casaalberto.es/blog/213-el-origen-del-arroz-con-leche.html

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Posted in Restaurante, on 10 julio 2018, by , 0 Comments

A sus 67 años aún camina despacio durante ocho horas diarias, en busca de clientes por las calles del norte de Quito. Ese trajín lo cumple desde hace 42 años. Nicolás Sinche aprendió a preparar y a vender el ponche por su hermano Manuel. A los 25 años dejó su trabajo en una piladora en Guayaquil y se trasladó a la capital ecuatoriana. Sinche, moreno, de ojos negros, de 1,57 metros de estatura y de 140 libras, siempre empuja un carrito de una rueda con un tanque blanco, en el que guarda la golosina que se derrite en el paladar. Su carretilla actual es la cuarta que ha tenido. Desde el barrio La Comuna, frente al Teleférico, Nicolás sale de su casa con el tanque en su mano a las 07:00. Toma un bus que le acerca a la calle Miguel Gavidia y av. 6 de Diciembre. Allí recoge el carrito de madera que le hizo un carpintero a USD 160. Como todos los días, este riobambeño viste un impecable mandil blanco y gorra de marinero adornada con una pequeña bandera del Ecuador. En un cajón, fijado en la parte baja de la carretilla, guarda vasos, fundas pequeñas, arrope de mora, dulces y grageas de colores. Además lleva una chompa y un poncho de agua por si llegara a llover. Los poncheros no tienen lugar fijo para trabajar. Su territorio comprende desde el parque La Carolina hasta el Comité del Pueblo. Sin embargo, en la Escuela República de Paraguay y Colegio Central Técnico, sector de la Jipijapa, los niños y jóvenes le buscan al mediodía para comprar las funditas de USD 0,10. Pero también tiene en vaso. Siempre tiene dos torres de vasos plásticos: el verde, de 7 onzas, para los ponches de USD 0,50 y el transparente, de 5 onzas, para los ponches de USD 0,25. Por una llave de agua sale una delicada espuma con sabor a mora, coco o piña, dependiendo el día. Pasado el mediodía, el sol y el caminar le agotan. Aprovecha para almorzar en la calle Palmeras, se quita la gorra marinera y se seca el sudor de la frente. Al carrito blanco con celeste se acerca un cliente. “Deme uno de USD O,50 con muchas grageas”, pide Hernán Puente, de 32 años, quien asegura que compra siempre que tiene la suerte de hallar a los poncheros, porque ahora es más difícil encontrarlos. Sinche pertenece a la Asociación de Poncheros Magolita, fundada en 1967. “Antes éramos como 70, hoy somos 15”, dice Sinche, mientras traslada su carrito por las avs. El Inca y 6 de Diciembre. Asegura que dicha calle era antes empedrada y que eso le dificultaba caminar con la carretilla. Mensualmente los poncheros se reúnen en una casa del tradicional barrio Mama Cuchara, centro de Quito, donde cancelan una cuota de USD 3. Sinche es el actual tesorero y se encarga de recoger el dinero. Con lo recogido cada mes han logrado tener fondos para ayudar cuando un miembro se enferma. También colaboran con las familias de los compañeros que fallecen. Además, los miembros de la asociación pueden hacer préstamos de hasta USD 500. Horas más tarde, antes de regresar a su casa, desde las 15:30 se ubica en la gasolinera Puma, de la avenida El Inca. Sinche suele estar siempre con un periódico en sus manos. “Mientras lee está atento a sus clientes y se toma ese tiempo para descansar”, sostiene Wilson Jiménez, trabajador de una empresa de telecomunicaciones , ubicada en este sector. Nicolás Sinche tiene seis hijos; cuatro viven con él. Ángel, su hijo mayor, es el único que heredó durante tres años este oficio. Cuando terminó los estudios primarios en la escuela Tomebamba, en Chimborazo, ayudaba a su padre durante la mañana. Ángel define a su padre como un gran trabajador, que no le gusta descansar ni en feriados, porque en esos días vende más. “Si un día no trabajo no hay comida, somos siete barrigas”, sostiene entre rizas Sinche. Las ganancias del día fueron USD 10; sin embargo, al pasar por el supermercado gastó USD 7. Compró 3 kilos de arroz, avena, tallarín y una libra de pollo. Le quedan USD 3 para leche, pan y el pasaje del bus. Al recordar sobre sus inicios en este oficio, señala que allí vendía más ponches y que ahora hay más dificultades en este negocio. “Antes se vendía como 50 ó 70 ponches al día, ahora con tanta competencia de bolos ya no se vende igual porque cuestan USD 0,10”. Con la voz entrecortada por la emoción de recordar tantos años de trabajo, este riobambeño seguirá trabajando en esta tradición quiteña. Entre sus anhelos está regresar a su ciudad natal, donde siempre que puede apoya a su equipo preferido el Olmedo. El uniforme Los  sábados  y domingos el uniforme de los miembros   de la Asociación de poncheros Magolita es camisa celeste, saco blanco y pantalón azul marino. Los sábados  se le puede encontrar a Nicolás Sinche en el Comité del Pueblo. En cambio los domingos recorre   el parque  La Carolina. Dos horas de preparación Nicolás Sinche prepara el ponche durante las noches. Luego del trajín diario para vender el producto, llega a su casa a las 19:30.  Allí le espera su esposa María Luisa Pérez con la merienda lista. Luego se pone manos a la obra. Entre los ingredientes que utiliza están maicena, azúcar, cervezas y frutas.  El proceso inicia con la mezcla de la maicena y ocho libras de azúcar.  Las deja hervir durante 15 minutos. Luego cierne la mezcla en una bandeja de plástico a la que agrega tres cervezas pequeñas. Le añade una libra   de  mora fresca licuada (también usa otras frutas). Sin embargo, el toque secreto se lo guarda para él. La preparación le toma unas dos horas. La primera en probar este rico manjar es Nicole, su nieta de 3 años de edad.

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO http://www.elcomercio.com/actualidad/quito/sinche-de-15-poncheros-de.html. Si está pensando en hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. ElComercio.com

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Posted in Restaurante, on 28 junio 2018, by , 0 Comments

La capital ecuatoriana es cuna de tradiciones y sus colaciones, que cumplen cien años, halagan el paladar de los quiteños y se resisten a desaparecer, aunque sólo un artesano sigue con la elaboración de estos dulces. A comienzos del siglo pasado muchas familias se dedicaban en Quito a la elaboración de esos dulces, imprescindibles en los bolsillos de los escolares de la época, pero ahora sólo sobrevive el negocio de colaciones de Luis Banda. Banda es heredero orgulloso de una tradición que se resiste a dejar que desaparezca «mientras viva», según dice este año, en el que sus golosinas cumplirán un siglo. Su abuela, Hortensia Espinosa, aprendió el oficio de unas tías suyas y en 1915 fundó un pequeño negocio de colaciones en un local ubicado frente a la Cruz Verde, en el populoso barrio de San Roque. Luis heredó el oficio y mantiene hasta ahora Las colaciones de la Cruz Verde, pese a que no es un negocio muy rentable que deje muchos réditos económicos. «Es un negocio familiar» y de esa manera permanecerá, afirma Luis, cuyo local se trasladó del sitio original a otro lugar cercano, donde comparte los quehaceres con su mujer. Es consciente de que quizá sea el último de los artesanos de las colaciones, aunque no pierde la esperanza de que alguien continúe con la tradición que ha encantado a los quiteños desde hace un siglo. La colación es un pequeño dulce redondo con relleno de maní o almendra, en cuya elaboración se utiliza azúcar, agua, limón, esencias y «algunos otros secretitos». Desde que su abuela empezó con el negocio, las colaciones «son las mismas» en sabor y textura y, por eso, Luis se atreve a decir que las de ahora son las mismas que las de hace cien años. Indígenas, autoridades, ricos y pobres visitan el local todos los días para comprar las colaciones de la Cruz Verde: «No hay presidente de la República que no haya probado mis colaciones, pero el más goloso fue el doctor (José María) Velasco Ibarra», que gobernó en distintos periodos entre 1952 y 1972. Su caramelo es muy apetecido, sobre todo por los mayores, ya que a los jóvenes, según acepta, «les gustan más, no sé por qué, los caramelos de colorantes que venden en las tiendas». Además, el producto que elabora «es sano, no es nocivo» y tiene un aditamento que lo hace especial, cuenta Luis al revelar uno de los secretos más preciados en la elaboración del caramelo: «Aquí se pone agua bendita». Por eso, a más de endulzar el paladar, «cura el alma» y parece ser un elixir para algunos ancianos. «Algunos viejitos vienen y me dicen: si no chupo dos colaciones por la noche no puedo dormir», cuenta Luis. Aunque lo ha pensado, el caramelero quiteño no tiene intención de expandir su negocio, menos aún de adquirir maquinaria para aumentar la producción y exportar. «Es un negocio familiar» y «esto se mantendrá así, tal como está. Esa es la promesa que hice», señala Luis, que aprendió el oficio de su abuela y de sus padres. «Mientras tenga salud y vida, las colaciones de la Cruz Verde no van a faltar jamás», afirma al recordar que a su negocio han llegado también emigrantes que han retornado al país y extranjeros atraídos por la fama de la que gozan sus caramelos. Su vida cotidiana comienza muy temprano en la mañana, cuando alista los materiales para hacer varias «paradas» o tandas de caramelos. Hierve el azúcar con el agua hasta tener una jalea melosa, luego coloca el maní o las almendras en un viejo pailón (cacerola poco profunda) grande, heredado de sus padres, que agita ágilmente en un movimiento pendular. El fuego y el bronce, como si fuesen mágicos, moldean las pequeñas canicas de dulce que adquieren colores intensos, dependiendo de las especias con las que se mezcla la miel. A los ojos aparecen cientos de bolitas verdes, tomates o blancas que ya bien definidas se ponen en cestos para la venta. Este oficio seguirá «mientras Dios me de vida», asegura Luis Banda, cuyas colaciones forman parte de una de las más dulces tradiciones quiteñas.

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección:http://www.elcomercio.com/tendencias/colaciones-dulces-tradicion-quito-lascolacionesdelacruzverde.html. Si está pensando en hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. ElComercio.com

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Posted in Cocina Quiteña, Novedades, Quito Colonial, Restaurante, Turismo, on 12 junio 2018, by , 0 Comments

El Centro Histórico es un amplio sector de la ciudad que fue levantado sobre las cenizas de la que fuera la capital de la mitad norte del Imperio Inca hasta que el General Rumiñahui la quemara hasta sus cimientos antes que entregarla a los conquistadores españoles.

Quito fue la primera ciudad en el mundo en ser declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por las Naciones Unidas en el año 1978. Su Centro Histórico tiene la magia de transportar a quienes lo visitan a épocas pasadas, mientras se camina por sus calles adoquinadas y por sus aceras empedradas. A inicios del Siglo xx, la ciudad apenas se localizaba al interior de las fronteras del Centro Histórico. Actualmente, este sector constituye apenas una ínfima parte de lo que es toda la ciudad, pero es, sin lugar a dudas, el sector más rico desde el punto de vista histórico y cultural. Algunas de las más famosas batallas independentistas y ejecuciones tuvieron lugar en las mismas plazas en las que hoy día deambulan turistas, transeúntes, vendedores y mendigos.

Hospedarse en alguno de los hoteles en el Centro de Quito actualmente se ha vuelto muy popular pues tanto sus históricos hoteles boutique como la mejora en la seguridad de esta parte de la ciudad, atraen cada vez a más turistas, lo mismo a quienes viajan con presupuesto limitado que a quienes tienen recursos para procurarse alojamientos de lujo.

Varios de los mejores bares y restaurantes de Quito están en el Centro Histórico. Escápese de los tours guiados y pase un poco de tiempo en las plazas y calles adyacentes a las principales, que muestran una exquisita arquitectura colonial y pasajes que conducen hacia adorables patios interiores coloniales.

 

FUENTE: http://www.ecuadorexplorer.com/es/html/centro-historico.html

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Posted in Restaurante, on 30 mayo 2018, by , 0 Comments

Calle del Algodón, calle de las Siete Cruces o calle del Suspiro no son nombres que usted reconozca dentro de la ‘Carita de Dios’. Sin embargo, la historia revela que estas eran las antiguas denominaciones de las vías de la capital.

Los curiosos nombres corresponden a las actuales calles Sucre, García Moreno y Olmedo. De acuerdo con el cronista Alfonso Ortíz Crespo, desde 1870 los callejones tomaron nombres oficiales y dejaron los tradicionales, por una resolución del presidente de esa época, Gabriel García Moreno.

Algunos de los antiguos nombres tiene una curiosa historia. Por ejemplo, la calle del Suspiro, fue bautizada de esa forma ya que al recorrerla cuesta arriba dejaba al transeúnte agotado y suspirando.

FUENTE: http://www.ecuavisa.com/articulo/noticias/comunidad/216956-curiosos-nombres-calles-quito

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Posted in Quito Colonial, Restaurante, Turismo, on 27 abril 2018, by , 0 Comments

Ser preparados de forma artesanal y tener la capacidad de llevar a un viaje por el tiempo a sus comensales son las características principales que ofrecen los dulces tradicionales de Quito. El miedo a los efectos del azúcar desaparece cuando se trata de alguno de estos pequeños bocadillos. El aroma dulce de estas golosinas se puede percibir a varios metros de distancia de donde los preparan y qué mejor lugar para encontrarlos que el Centro Histórico. En la calle Bolívar, desde 1915, se elabora uno de los dulces más famosos y representativos de los quiteños: las colaciones. Se trata de pequeñas bolas blancas hechas con azúcar, agua, limón y algún fruto seco como maní, almendras o nueces. La paila, que ya tiene algunos huecos diminutos, la han usado 3 generaciones. Desde hace 30 años, este negocio familiar está a cargo de Luis Banda, de 57 años. El hombre mece la paila, que está colgada desde un refuerzo de madera, con sogas gruesas, durante tres horas hasta que las pequeñas bolas de dulce se formen. Bajo la paila hay carbón encendido y junto a ella está una olla que mantiene caliente la miel. Para el hábil cocinero, la paila es la historia viva de Quito, es la misma con la que empezó el negocio su abuela, Hortensia Espinosa. Banda menciona que “una colación hecha por mi abuela, por mi padre o por mí sabe igual; una colación de hace 100 años es la misma que la de hoy; no ha cambiado absolutamente nada de la receta ni del modo de prepararla. De ahí que los adultos mayores son los principales seguidores de estas pequeñas bolas de azúcar, pues llegan a su memoria aquellos recuerdos dulces”. Él cuenta que sus clientes chupan una colación y siempre dicen que es idéntica a la que comían cuando tenían 5 años. “Eso es lo bonito de este negocio”, comenta Banda, un ingeniero en Finanzas que dejó su profesión para conservar este legado familiar que se ha convertido en una herencia histórica de la capital. Antiguamente, el local estaba ubicado en la calle Bolívar e Imbabura, en la cruz verde, de ahí el nombre del negocio: Las colaciones de la cruz verde. Las colaciones son una tradición que lleva más de 100 años en la capital. Para prepararlas se necesita azúcar, agua, limón, esencias y el fruto seco de su preferencia. Todos los días, desde las 08:00, en la plaza de la iglesia San Francisco, se vende otro de los manjares de la capital: el helado de paila. Luis Antonio Guayta, de 65 años, los vende estos en ese lugar desde que era pequeño, cuando ayudaba a su padre, el fundador del Sindicato de Heladeros de Quito, creado en 1940. La preparación de este manjar inicia a las 05:00, con la pela de la guanábana, se la licúa con claras de huevos y se la congela. Para que tenga ese sabor único es necesario mezclar algunos ingredientes que Guayta dice que son un secreto. Los helados de paila son una tradición que ha vivido transformaciones a lo largo del tiempo. Antiguamente se los preparaba de tomate de árbol, mora y naranjilla. Tan solo hace algunos años se empezó a preparar los famosos helados de guanábana. A Guayta la clientela no le falta. Varios transeúntes se detienen para refrescarse con sus helados congelados con hielo seco; a algunos conductores no les importa el tráfico de la calle Bolívar o que el semáforo esté en verde, conducen más lento hasta que Guayta les pase un helado. Un caramelo que se explota con el roce de la lengua es otro dulce tradicional de Quito. Se trata de la mistela, un dulce que parece un cristal relleno de licor. Antiguamente el relleno era de jugo de frutas, pero hoy se lo hace con ron, whisky, pájaro azul, mojito de maracuyá o Jägermeister (un licor de hierbas). Las mistelas se preparan con azúcar caramelizada que se deja reposar sobre unas bandejas de harina de arroz, antes de que endurezca el caramelo, se lo rellena. Es un trabajo laborioso y delicado que tarda entre 3 y 4 días. Rocío Jaramillo, representante de la marca La Reinita, que elabora mistelas y otros dulces, dice que “escuchar los recuerdos de los mayores cuando prueban los dulces es muy gratificante, es regresar a los tiempos de antaño”. La ‘caca de perro’, que es el tostado endulzado, y el maní confitado son otros dulces de la capital. Estas golosinas se venden en el local El Kukurucho del maní, situado hace 16 años en la calle Rocafuerte y García Moreno. Según su propietario, John Ríos, este fue el primer local en el Centro Histórico en ofrecer estos dulces. Ríos argumenta que la clientela se acerca entusiasmada por probar los dulces tradicionales que comía varias décadas atrás. (I) El tostado endulzado, más conocido como ‘caca de perro’, también es una golosina tradicional de Quito. Se lo prepara con raspadura y un poco de vainilla.

Fuente: https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/702/51/los-recuerdos-el-eje-del-sabor-de-los-dulces-quitenos

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Posted in Cocina Quiteña, Quito Colonial, on 18 abril 2018, by , 0 Comments

Todavía humea, pero las valientes caseras del mercado lo deshilachan con sus manos ya curtidas y acostumbradas al calor. Bajo una corteza crujiente está la suave y deliciosa carne de cerdo, como solo en Ecuador se prepara. El comensal, impaciente, solo espera degustar pronto este apetecido y tradicional plato. La historia del hornado empieza en el siglo XVI, según el chef Carlos Gallardo, de la Universidad de las Américas. Es un plato típico ecuatoriano, que nació de una tradición europea. En América no había cerdos, pero los españoles los trajeron. Eran castellanos y negros. En el siglo XVII, en los tradicionales hornos de leña se hacían allullas, bizcochos o pan. Pero había que aprovechar el calor. Entonces, las cocineras lo usaban para preparar carnes. Una de ellas era el cerdo. El origen del plato viene de un plato valenciano: el cochinillo, preparado en horno de leña. Uno de los sitios con más historia para este plato es Botín, en la calle madrileña de Cuchilleros, considerado el restaurante más antiguo del mundo. Según Gallardo, en Ecuador, una de las particularidades es la edad del cerdo con el que se hace hornado.

Un cochinillo tiene alrededor de dos años de edad. El animal para preparar hornado tiene el doble. Otra característica es que, para obtener un cuero crujiente, se debe cocer a fuego lento. Si la temperatura es baja, “la grasa se derrite y confita la proteína”. Es decir que entra en la carne y le da esa suavidad y sabor.

La receta original del cochinillo cambió al llegar a América, para convertirse en este alimento. Mientras el primero se marina con azafrán, vino, pimienta y clavo de olor, el segundo se adoba con chicha, cebolla, ajo y comino. Mucho comino. Pero el ingrediente que marca la diferencia es el achiote. Este se usa solamente en Ecuador. Se encuentra en diferentes puntos del país. Gallardo explica que hay cuatro raíces principales de este plato en la serranía: Carchi, Pichincha, Chimborazo y Azuay. De ahí, la receta ‘se regó’ para provincias vecinas como Tungurahua, Bolívar, Cañar o Cotopaxi. También llegó a la Costa. Pero en cada lugar tiene alguna particularidad.

Si en Pichincha se sirve con tortillas de papa, aguacate y lechuga, en Los Ríos va con Maduro y huevo, en Manabí con chifles y yuca y en Cañar con habas tiernas. La diferencia en las guarniciones es fácil de entender. Gallardo explica que cada región eligió una de acuerdo a los carbohidratos y cereales que su tierra produce.

Un acompañante común en casi todos los puntos donde se prepara es el mote. Además está el agrio, que tiene un sabor algo distinto según el sitio y el ‘ingrediente secreto’ de cada cocinero. Para completar la tradición, está la famosa probana, clásica en una hueca, restaurante popular o mercado.

“Venga mi guapo, qué le sirvo mi reina, ya le sirvo doctorcito, qué le atiento mi rey”

están entre las ingeniosas frases de la casera para atraer el cliente. Basta saborear el pedacito de carne o cuero de cortesía para aceptar la invitación. ¡Buen provecho!

 

Fuente: http://www.elcomercio.com/actualidad/hornado-tradicion-ecuatoriana-gastronomia.html

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Posted in Cocina Quiteña, Comida Quiteña, Restaurante, Turismo, on 4 abril 2018, by , 0 Comments

Una paila de bronce gira. Contiene jugo de frutas, hielo y sal en grano. He ahí la clave para preparar el tradicional helado de paila. En Quito existen varios lugares en donde degustar este postre, desde el norte hasta el sur, cada uno con su particularidad. En el norte de la ciudad, a 100 metros del Colegio Francés, se encuentran los Helados de paila Pomasqui. El local ofrece más de 80 sabores. 11 tradicionales como mora y guanábana; 10 de temporada como borojó y arazá. Además, más de 60 gourmet que se realizan bajo pedido y abarcan una gama amplia de sabores inusuales como chicha de jora, perejil o champagne con rosas. “Se puede hacer helado de todo lo que se pueda comer”, dice Cristina Cabezas, hija de José, dueño del local. José comenta que aprendió a elaborar este postre con su esposa Miriam Álvarez y su suegra Olga Echeverría, bisnieta de Rosalía Suárez. Echeverría fue, según cuentan, la primera en introducir esta tradición a Quito.

Cabezas elabora este postre por más de 25 años en Pomasqui, luego de que en 1990 un terremoto de 4.9 grados sacudió la zona. “Somos artesanos”, dice el heladero. Se trata de un oficio transmitido a sus hijos, quienes ya tienen otros dos locales: uno en la Isla Genovesa (norte de Quito) y otro en Nayón (nororiente). Actualmente, realiza los trámites respectivos para exportar sus productos. El recorrido continúa, y el nombre Rosalía Suárez vuelve a sonar. Ernesto Álvarez, es la sexta generación que mantiene la tradición.

«Mi ‘chusabuela’ puso un recipiente con jugo sobre el granizo y se hizo helado. Poco a poco la técnica se perfeccionó, hasta conseguir este postre», narra. El local del ‘chusnieto’ está ubicado en la Real Audiencia y Cristóbal Tuquiri. Se llama Los legítimos helados de paila ‘Herencia Ibarreña’. Álvarez aprendió el oficio de su abuelo homónimo, quien tiene un local en La Concepción, uno de los más populares de la ciudad, con más de 30 años. Según él, lo que marca la diferencia en su receta es el cariño que le pone desde la elección de la fruta en el mercado de San Roque.

Pero si se habla de helados con enfoque internacional hay que nombrar a  Helados de paila La Quinta, ubicados dentro del Mercado Artesanal, en el centro norte de la capital.  El centro de artesanías tiene un constante flujo de turistas internacionales. Francisco Tamayo, quien atiende en el puesto de helados, cuenta que su primo Miguel Caicedo lleva 13 años en el local. Ellos aprendieron la tradición en Ambato. Han participado con sus postres en ferias nacionales como la de Durán pero, actualmente, se preparan para llevar su producto al exterior. Sergio Garzón, dueño del local Helados Los Alpes, en la calle Chilibulo, al sur de Quito, permanece en el sector desde hace más de 27 años. Comenta que el objetivo de usar sal en grano es bajar la temperatura del hielo, gracias al sodio.

Él se demora 30 minutos en preparar seis litros de helado. “Estos helados nunca fueron hechos en paila” dice Alegría Salazar, quien lleva más de 50 años a la cabeza de los Helados Amazonas, ubicados en el camino viejo a Cumbayá. Aunque muchas personas los conozcan como ‘de paila’, se preparan en máquinas de hierro. Para ella, lo que marca la diferencia es conocer las frutas. “Hay tres clases de guanábanas y cinco clases de mora”, explica Alegría con una sonrisa, pero no todas sirven para los helados. En el local se llegan a ofrecer hasta 40 sabores.

De granadilla, higos, piña con naranja, limón, los hay de cualquier fruta y son un postre refrescante y natural. Además de los locales, decenas de artesanos deambulan por la ciudad con un carrito dotado de una paila el hielo y la fruta. Generalmente recorren el Centro Histórico. Sin embargo, no faltan los que visitan las inmediaciones de los centros educativos y parques.

Fuentehttp://www.elcomercio.com/tendencias/heladospaila-sabores-quito-fruta-postres.html. 

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