Posted in Food, Quito Colonial, Restaurant, on 8 febrero 2018, by , 0 Comments

Es un guiso pero se lo conoce como seco. Se puede elaborar con chivo o borrego, pollo, entre otros cárnicos y tiene variante regionales. Sin embargo, el nombre que hace contradicción con su apariencia tiene orígenes inciertos. Una de las teorías más reconocidas, dice el chef e investigador Esteban Tapia, es que el término proviene de un vocablo inglés. A principios del siglo XX, en Santa Elena se preparaba este platillo en abundancia a los ingleses que se radicaron por trabajo en petroleras. La tradición ecuatoriana de servir sopa y segundo también lo consumían los ingleses y empezaron a llamarlo ‘second’ para hablar del segundo platillo, dice Tapia. El vocablo se difundió, se abrevió y se adaptó al vocablo ecuatoriano como ‘seco’. El chef e instructor en Culinary Art’s School, Felipe Capelo cuenta que se creó como una derivación del cabrito peruano y se ha adaptado a las regiones con tónicas dulces por el uso de panela en la Sierra y sabores más amargos en la Costa por una fuerte presencia de la cerveza. Este platillo es de origen ancestral y parte originalmente de una fermentación den chicha. Tapia indica que la carne debe dejarse fermentar ya sea en cerveza, chicha de jora o jugo de naranjilla. Este hecho no es solo para eliminar el tufo que suele tener la carne de chivo o borrego sino que esto permite que los nutrientes de la carne se asimilen y se ablande el producto.

Fuente: http://www.elcomercio.com/sabores/origen-nombre-secodechivo-gastronomia-receta.html. 

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Posted in Quito Colonial, on 19 enero 2018, by , 0 Comments

Amalgama, mestizaje o mezcla son tres palabras que identifican al Quito de los albores del siglo XXI. Aquella ciudad bordea los 2,5 millones de habitantes, distribuidos en familias con hijos nacidos en este terruño y con padres procedentes de otros cantones y provincias.

De esta forma se generan relaciones familiares y comunitarias que tienen al mestizaje como protagonista. Son ellos quienes se distribuyen en la geografía de lo que, ahora, es el Distrito Metropolitano. Pero se trata de un proceso que se fue configurando desde inicios de 1960.

Esta cotidianidad, con realidades y personajes que son fruto de esta transición social, la registra el escritor Jorge Icaza (Quito, 1906-1978) en su novela ‘El chulla Romero y Flores’publicada en 1958, obra literaria cuyo eje central analiza las contradicciones propias del mestizaje.

Una obra que da cuenta de dos épocas marcadas de Quito, aquella que cierra los años conventuales que giran en torno a lo que es en la actualidad el Centro Histórico y aquella de una ciudad en expansión que incorpora por el norte el sector de La Mariscal y, por el sur, barrios como la Villa Flora.

Es que Luis Alfonso Romero y Flores es mestizo, realidad generada por su madre indígena y su difunto padre y patrono de su progenitora. Esta realidad le genera vergüenza, lo que aplaca hallando asidero en esa media raíz española plasmada es su doble apellido.

‘Chulla’ por las apariencias propias que se fueron generando al ser parte de la clase media que va buscando identidad en una ciudad que empieza a crecer, que se expande y que desemboca en relaciones sociales más complejas. La apariencia es la principal arma para que Luis Alfonso viva y sobreviva. Añadiendo su opción por la vida bohemia.

Lo que plantea Silvia Madero al analizar la novela: “Jorge Icaza coloca a su personaje principal solo, como un mestizo de clase media que siente pertenecer a la sociedad, pues no es indígena ni tampoco es blanco. Es señalado por su mezcla hiriente… El chulla Romero y Flores lidia con su dualidad desde que se erige a la vida, es la sombra que lo acompaña”.

Con críticas sociales y literarias, la obra de Icaza cuenta una historia que no hace más que registrar parte de la identidad quiteña.

Pero a la vez esta novela era el registro de, como lo llama Fernando Carrión, uno de los símbolos identitarios de Quito, que en la actualidad ya no se encuentran. En estos momentos no hay un símbolo ni un personaje que logre identificar al quiteño como lo hacían antes el chulla Romero y Flores o la Torera, personajes que décadas atrás estaban vinculados a la clase media y al aparato estatal. Así lo señala en su artículo ‘Los Quitos del siglo XXI’, escrito en el 2003.

Fuente original: http://patrimonio.elcomercio.com/patrimonio-contemporaneo/chulla-romero-y-flores/historia#.WlOeyHCgdPY

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Posted in Quito Colonial, on 10 enero 2018, by , 0 Comments

Caminar por la calle Juan de Dios Morales, más conocida como La Ronda, supone hacer un viaje en el tiempo. Ya lo dijo, en 1996, Fernando Jurado en su libro: ‘La Ronda, Nido de Poetas y Cantores’. Según el investigador, esta emblemática calle estuvo perfectamente trazada en 1480, cuando los incas llegaron por primera vez a Quito. De allí hasta hoy en día, su transformación ha sido, por demás, sorprendente.

La influencia andaluza en la construcción de sus calles estrechas, de sus casas que se miran entre sí por sus balcones y de sus patios interiores, es notoria. No en vano se la compara con la calle Sierpes, una de las tradicionales hileras de edificaciones de Sevilla. La dualidad, claro oscuro, día y noche, juego y bohemia, es claramente marcada en La Ronda. Cuando el sol ilumina al Centro Histórico, la  calle Juan de Dios Morales abre su baúl de recuerdos.

Mauricio Gallegos, luciendo una túnica colorida a manera de faldón  y un sombrero, da la bienvenida a los curiosos. El artista, de piel trigueña y ojos cafés oscuros, se convierte en el ‘pregonero Juancho’. “Buenos días mis vecinos, bienvenidos a La Ronda”. El artista, perteneciente al colectivo Recrearte, interactúa con las personas y los guía en su búsqueda de su “niño interior”. Con los trompos, el hula-hula, el sapo y la rayuela, Juancho intenta recordar a ese ‘Quito del ayer’.

Calle abajo, los adoquines compactos  resaltan las fachadas de las casas piponas (con paredes sobresalientes). Para refrescarse, nada mejor que una tradicional y casi extinta ‘beba’. Efraín Siranaula, cuencano residente en Quito de 74 años, las ofrece. “Cuestan 0,50 centavos y vienen de diferentes sabores”, dice mientras acomoda su estantería y recuerda, con nostalgia, su antiguo oficio.

El adulto mayor confesó que, antes de la regeneración de La Ronda, en el 2006, se desempeñaba como ‘fregador’. Pablo Santamaría, de 15 años, trata de hacer ‘la maravilla’, mientras escucha, con el filo del oído, la historia del Taita Pendejadas. Los oficios tradicionales de La Ronda también forman parte de esta búsqueda y rescate del pasado tradicional. Luis López (sombrerero) y Humberto Silva (hojalatero) son ejemplos vivos de aquello.

Sus talleres y oficios sobrevivieron, con valentía, a la degeneración que sufrió la calle desde que se instaló la Terminal Terrestre del Cumandá, en la década del setenta. Ya por la noche, el ambiente bohemio, característico de los artistas y poetas que habitaron en esta calle, toma fuerza, especialmente los fines de semana. Los ochenta establecimientos, entre bares, restaurantes y sitios para darse un ‘gustito’, se abarrotan de personas a partir de las 19:00. Uno de los locales más llamativos es La Casa de los Geranios. Su propietario, Miguel Mafla, es sastre de profesión. Hace ocho años adquirió la propiedad y confiesa que en ese tiempo “nadie se atrevía a comprar una casa por aquí”.

Luego de la restauración, las gradas de piedra, en la entrada, y las paredes laterales volvieron a tomar vida. A su predio lo transformó en restaurante y en la parte posterior adecuó su taller. El artesano, de 71 años, espera “que su casa dure otros 300 años”. Los letreros que ofertan canelazos, empanadas gigantes, frutillas con chocolate, se mezclan con los espectáculos artísticos que se presentan en la casa 307.

Los bohemios, los amantes del arte, los sedientos de tradición, pueden encontrarlo todo en dos cuadras: desde el puente de los Gallinazos, en la Maldonado, hasta el nuevo puente de la Venezuela. En esos 400 metros se concentra la esencia misma de Quito.

Fuente: http://patrimonio.elcomercio.com/patrimonio-contemporaneo/la-ronda/historia#.WlOcr3CgdPY

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Posted in Quito Colonial, on 5 enero 2018, by , 0 Comments

Al pasacalle Tuna Quiteña lo miran como un capítulo de la biografía de Quito. Uno que narra parte de la década de los años 40 y 50. Aquellos años cuando la ciudad tenía por norte la avenida Colón y el sur no pasaba de La Magdalena.

Es un corto relato musicalizado de la bohemia, de los bohemios, de la cotidianidad y tradiciones de una ciudad que rompía el cascarón y se extendía.  La ciudad crecía. Sectores como La Mariscal abandonaban definitivamente la ruralidad y su geografía se trazaba con calles, bordillos y manzanas, acompañados de los postes para la energía eléctrica.

Esta minibiografía musical tiene un creador: Leonado Páez Maldonado, que vivió entre 1912 y 1991. En ocho versos, se habla del enamoramiento, los bailes, los sitios y personajes populares de esos años. “En el santo del Quintana / vamos a pasar muy bien / asomate con tu hermana / para tomar lo que den.”

Cuando el pianista, compositor y arreglista riobambeño Paco Godoy comenzó a indagar sobre esta pieza musical, vio la necesidad de remitirse al Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Ahí vio que, como figurativo, tuna es aquella vida libre y vagabunda y, como adjetivo o sinónimo, es lo más cercano a pícaro.

Con  este antecedente, precisa que en el caso de la tuna quiteña, Páez Maldonado da cuenta que no es así: “Es tuna de gente buena / es una tuna de la legal”. Godoy precisa que el personaje de la canción es Avelino Quintana, propietario del bar El Desafío, ubicado en plena avenida 24 de Mayo, a la altura de la Imbabura. Para más señas, junto a lo que fue el Teatro Puerta del Sol. Hasta allá llegaban los chullas a conversar del día a día quiteño, de las noticias políticas, de los amigos y, sin duda, de los amores.

Ramiro Mosquera Regalado, periodista y autor de un libro sobre crónicas de Quito, dice que el bar El Desafío estaba entre las huecas de la ciudad. Un punto de encuentro que muchas  veces terminaba en Las Huacas, típico restaurante que en esos años estaba lejos, en lo que es ahora la avenida 10 de Agosto y Naciones Unidas.

Hasta allá iban a pasar el chuchaqui. En tranvía, llegaban a la Colón y 10 de Agosto y desde ahí, en mula o a pie, llegaban a Las Huacas. Hornado, tortillas, cueros y otros aperitivos criollos eran parte del menú para los amanecidos. No faltaban ni la rockola ni la cerveza. Y cómo hablar de farra sin referirse a los ‘curcos’ Victor, quiteñísima referencia del dúo conformado por los hermanos Andrade, invitados de casi todas las reuniones de los bohemios capitalinos.

La descripción de ese Quito también da cuenta de otros sitios tradicionales de la ciudad. El Sapo de Agua (La Ronda), El Cebollar (El Tejar) o Guangacalle (sector de La Alameda). Sitios en donde las quiteñas esperaban en el balcón la llegada del sereno o de la coqueta invitación a la salida de fin de semana.

Del Quito del Quintana, del que habló Leonardo Páez, quedan las casas coloniales y republicanas del Centro Histórico, aquel de las calles Benalcázar, Imbabura o Mejía. El valor de la canción es que sin ser historia cuenta parte de ella. Esto es lo que destaca el antropólogo Víctor Cifuentes, sin dejar de señalar que, con el paso del tiempo, van perdiendo ese valor.

Fuente: http://patrimonio.elcomercio.com/patrimonio-contemporaneo/la-tuna-quitena/historia#.Wk_sAHCgdPZ

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Posted in Cook, Food, Quito Colonial, Restaurant, on 21 diciembre 2017, by , 0 Comments

La historia de la cocina ecuatoriana está representada por platillos que permanecen hasta hoy en las mesas de los hogares. Son recetas que disfrutan todas las clases que han conformado la sociedad ecuatoriana por varias generaciones. El escritor, poeta e investigador culinario Julio Pazos decidió destacar estas preparaciones en su libro ‘Elogio de las cocinas del Ecuador’, de reciente presentación. El ‘elogio’ que propone Pazos es una grata sorpresa, una visión refrescante sobre el lugar de donde vienen las costumbres culinarias y todo lo que está alrededor de los platillos que se consumen con gusto. Reconocer el pasado que hay detrás de las recetas es responsabilidad de comensales y cocineros por igual. En todo momento, el libro es una máquina del tiempo que rescata el contexto en que se preparan los platos patrimoniales ecuatorianos. El texto de Pazos está planteado como un recorrido por los platos ecuatorianos desde la experiencia e investigación del autor, para difundir la vigencia de ciertas elaboraciones o su importancia dentro de la gastronomía local. “La cocina que predomina en el Ecuador es la interregional (…) Mas conviene insistir en que hablamos de la tradición viva y no de un rescate ni reconstrucción de ese factor”, menciona Pazos en su texto para fijar una línea conductora en la que las recetas del país son pasado y vigencia.

La lista de platos que plantea Pazos es extensa, pero varios se destacan por su trascendencia social, como la fanesca. El potaje que reaparece en restaurantes y hogares en Semana Santa es, para el autor, el plato patrimonial más emblemático. Este guiso reúne los sabores lampreados por su combinación salada con una guarnición dulce del plátano frito y las empanadas. Pero lo que resalta el autor es su simbología netamente barroca. Cuatro características hacen del plato un representante de esa época: la abundancia, porque lleva variedad de géneros; la fusión, porque mezcla vegetales con lácteos; la decoración sofisticada, por los adornos con empanaditas, tiras de pimiento, huevo duro y sus colores, así como el hecho de que tiene un complemento de celebración religiosa con el pescado como símbolo de Cristo. Este potaje y la colada morada se consideran representantes de la cocina ‘blanca’, pese a que son preparaciones que ingresaron desde las cocinas indígenas, señala Pazos al citar la investigación de Mary J. Weismantel -en su estudio realizado en la comunidad de Zumbahua en Cotopaxi-. A pesar del paso del tiempo y la variedad de recetas que se han creado alrededor de la fanesca, este plato continúa reuniendo a las familias ecuatorianas alrededor de la mesa. Bajo esta misma línea barroca, Pazos recuerda el rosero, un comeibebe con mote, piña, babaco, chamburo y naranjilla. El aditamento de celebración religiosa está en su consumo en fiestas como el Corpus Cristi. La fusión no se da solo por los sabores y olores sino por los actos de comer y beber. Pazos alude que ese refresco en el siglo XVIII pudo ser la contraparte del champús.

 

En tiempos prehispánicos la preparación del rosero tenía menos ingredientes pues únicamente se combinaba la harina de maíz con el mote y se obtenía el dulce con el yahuarmishky. Mientras que en el siglo XIX el rosero gozó de gran consideración y se convirtió en una de la bebidas predilectas de, por ejemplo, Manuela Sáenz, quien lo alude en sus cartas que hoy forman parte del Epistolario de la patriota quiteña en el Banco Central. Si bien el rosero no ha desaparecido del todo, Pazos hace notar que se prepara mayormente en festivales gastronómicos y ciertos locales de alta cocina que intentan crear nuevas versiones del refresco. Las humitas, por otro lado, no se han perdido aunque sí ha disminuido su preparación dentro de los hogares. Se las conoce también como choclotanda, “voz quichua que significa pan de choclo por su forma de bollo”. Esta preparación se extiende a lo largo de la región donde se desarrolló la cultura incaica como Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia. Ampliar Las humitas se consumen al desayuno o en la tarde con café. Pazos también comenta las anotaciones del jesuita italiano Mario Cicala sobre la cocina de la Presidencia de Quito. A mediados del siglo XVIII, Cicala relata, entre otras innumerables curiosidades, que la cocción al vapor de las humitas se hacía con una cama de carrizo y paja en una paila. Con la llegada de la olla tamalera, se facilitó la preparación de la humita, que antes solo se rellenaba con queso fresco; hoy se le añade sabor con un condumio de cebolla, queso y achiote. Entre anécdotas, Pazos evoca el encuentro de Richard Nixon –en calidad de vicepresidente de EE.UU.- con la cocina ecuatoriana. Degustó la humita en un menú que le ofreció el presidente Galo Plaza. Le pareció deliciosa la masa, “pero la lechuga de la cubierta estuvo muy áspera para tragarla”, según la frase que se recoge en el libro ‘Saber Alimentarse’ de Plutarco Naranjo. Turismo gastronómico ​ El libro también es un viaje en que Pazos ve a la cocina como patrimonio dinamizador del turismo culinario que, hoy, es una creciente tendencia.

La Organización Mundial del Turismo señala –en el último informe sobre viajes con fines gastronómicos- que la cocina es el tercer motivo de viajes, precedido por razones culturales y de naturaleza. Pazos apunta a una actividad poco explotada en el país y propone rutas que fusionan arte, arqueología y actividad culinaria en Cañar y Azuay, el noroccidente de Quito o el río Napo, por ejemplo. No solo importa comer bien, sino entender de dónde vienen y qué representan los ingredientes para las comunidades o ciudades que se visitan. Pazos, sin llegar a establecer una ruta dulce, señala un camino para encontrar los mejores postres tradicionales de Quito. Elabora un listado de locales que ofertan quesadillas, aplanchados, mistelas, rosquetes, higos enconfitados, entre otros postres del siglo XVIII.

Fuente: http://www.elcomercio.com/tendencias/viaje-cocina-ecuatoriana-historia-juliopazos.html#.WYhj3TW0PIg.facebook

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Posted in Quito Colonial, on 19 diciembre 2017, by , 0 Comments

La noche del 16 de diciembre se encendió el pesebre gigante, el más grande de América Latina, ubicado en el Panecillo, en el Centro de Quito.

Mauricio Rodas, alcalde Metropolitano, inició la cuenta regresiva y al llegar al cerro, el Pesebre se iluminó bajo la mirada de todos quienes llegaron hasta el Itchimbía para participar de esta celebración tradicional en nuestra ciudad.

“Quiero decirles que esto es parte de una tradición quiteña que ha ido creciendo, año a año, Somos un pueblo profundamente católico que disfruta la Navidad en la unidad de su familia y que además, aprovecha estas fiestas para desear lo mejor en el próximo año” manifestó Rodas.

El pesebre se enciende cada diciembre, el día de inicio de la novena, para dar la bienvenida a la Navidad y de esta manera iluminar las noches quiteñas.

Está compuesto por 9 figuras de entre 10 y 35 metros de alto. Los Reyes Magos, San José, los animales, el niño Jesús en su cuna y una estrella de Belén, las cuales acompañan a la virgen de Legarda conocida como de El Panecillo que representa a María.

Un total de 19.200 bombillos y 660 mangueras led iluminan el Pesebre del Panecillo

Adornos de Navidad como campanas y renos han sido localizados en 12 lugares de la ciudad, así Quito comienza a vivir las fiestas de Navidad y la despedida del Año 2017.

Fuente: https://www.metroecuador.com.ec/ec/noticias/2017/12/17/quito-se-encendio-pesebre-mas-grande-latinoamerica.html

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Posted in Cook, Quito Colonial, Restaurant, on 25 octubre 2017, by , 0 Comments

El país entero percibe aromas de mortiño, frutos rojos, piña, moras de Tisaleo, clavo de olor y la flor de la canela de la bella Amazonía, el Ishpingo. El feriado del Día de los Difuntos está cerca y las familias ecuatorianas esperan con ansías sus días de descanso para reunirse y preparar en conjunto la tradicional Colada Morada y las Guaguas de Pan.

Entre las tareas repartidas en la cocina y la sabiduría de nuestras abuelas y madres que emplean sus mejores secretos es necesario recordar que esta tradicional preparación la llevamos en la sangre desde épocas prehispánicas.

La primera Colada Morada se preparaba como un ofrecimiento sagrado a los seres queridos que se encontraban en el más allá y se la realizaba las épocas lluviosas (octubre – noviembre), cuando el agua refrescaba los campos.

Con el objetivo de conectarse con el más allá, se utilizaba el maíz negro, al considerarse como la fuente de donde había sido creado el hombre. También se relata la historia del uso de la sangre de llama, al tratarse de un animal sagrado. Poco a poco sus componentes fueron cambiando y se fueron agregando con la llegada de los españoles y la religión católica.

Hoy en día la Colada Morada es una bebida festiva, que endulza los hogares de todos los ecuatorianos, con aromas y sabores de frutos y especias. Moras, mortiños, naranjilla, frutillas, babaco, ataco, arrayán, cedrón, hierba luisa, hoja de naranjo, canela, clavo de olor, pimienta dulce y el aromático ishpingo son los ingredientes principales.

Con orgullo de nuestras tradiciones ancestrales, este día miércoles 21 de octubre se celebra una vez más en la ciudad de Quito el reconocimiento a los 18 establecimientos turísticos que conservan y difunden la tradicional Colada Morada.

En una alianza con la Alcaldía de Quito, Quito Turismo y el Centro de Investigación, Innovación y Promoción de la Gastronomía Ecuatoriana (CIGE) de la Universidad de las Américas, se llevará a cabo un evento de alto nivel, en el que los hoteles y los restaurantes premiados ofrecerán sus mejores recetas a los invitados. Además, el CIGE propone nuevas alternativas de cocina contemporánea con el mortiño, para incentivar a los ecuatorianos a utilizar este tesoro andino durante todo el año.

Por Carolina Pérez
Centro de Investigación, Innovación y Promoción de la Gastronomía Ecuatoriana de la UDLA

Fuente: http://www.ecuadortv.ec/noticias/turismo/colada-morada-una-bebida-ancestral

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Posted in Cook, Food, on 5 octubre 2017, by , 0 Comments

Para sus moradores, Chimbacalle es la capital de Quito. El sonido del tren ha sido siempre el emblema del barrio, así como antaño fue el resonar de las fábricas que operaban en el lugar. Aún así, la iglesia vieja (tienen dos) es el punto de concentración de los moradores. Su lugar emblemático.

En el barrio cuentan que hay dos templos porque uno estuvo a punto de derrocarse luego de un fuerte sismo. Así que, cierta o no la historia, es la que en el barrio se conoce. Apenas una calle separa a las dos edificaciones. La antigua fue restaurada.

En el barrio, la vecindad aún subsiste. No falta la gente conversando en las esquinas y algunos moradores de antaño jugando cartas o recordando historias, entre ellos Edmundo Valencia, dirigente del mercado.

La historia en Chimbacalle está latente en cada rincón, no solo por la llegada del ‘Tren de Alfaro’. En la iglesia nueva se guarda un documento que detalla que la parroquia fue fundada en el siglo XVI. Antiguamente se la conocía como Machangarilla, por el cruce cercano del río Manchángara. También se relata que en el lugar donde se levanta la estación del tren, había una capilla.

Además, el barrio es dueño de tradiciones como la elaboración de coches de madera, por la familia Valencia. Y la serenata a la Virgen de El Quinche, que será este fin de semana.

Un nombre que nació enredado

origen. Las calles “culebreras” o “trenzadas” le dan el nombre a Chimbacalle, el barrio del sur de Quito, al menos esa es la historia que se repite entre la gente del lugar. Por lo de ‘chimba’, como los indígenas se refieren a las trenzas. Pero también hay otras lecturas. Se dice que el nombre se debe a que en ese lugar había una calle paralela al ingreso principal de Quito. En esta versión se indica que el nombre se deriva del híbrido de la palabra en quichua, chimba (al frente) y calle. Por lo que significa “calle de enfrente”. Como parte de la historia del barrio también se conoce que Chimbacalle, como parroquia, es una de las más antiguas de Quito, tanto civil cuanto eclesiástica. Por el lugar han pasado varias generaciones, entre ellas, las familias de trabajadores del ferrocarril y las fábricas que funcionaban en el sector.

El personaje

Antonio Silva es uno de los personajes destacados del barrio del sur. Foto: Paúl Rivas / ÚN

Antonio Silva es uno de los personajes destacados del barrio del sur.

Foto: Paúl Rivas / ÚN

Un dirigente y deportistacon harto compromiso

Dirigente deportista comprometido y con ‘ñeque’. Antonio Silva tiene 73 años y se ha dedicado a la gestión en Chimbacalle. Él nació en el barrio y actualmente es parte de la directiva vigente en el sector.

Antonio fue arquero del equipo emblemático del sector, el Patria. Tal es el cariño a la camiseta que, aunque ya no está bajo los tres palos, aún se emociona al hablar de su club.

Dos veces fue presidente de la institución, pero fuera del cargo ha seguido gestionando. Como dicen en los barrios de la ‘Carita de Dios’: “Con plata y persona”. El hombre celebró los 66 años del club junto con sus compañeros de antaño, entre ellos, el dirigente del mercado de Chimbacalle y su pana, Edmundo Valencia.

Al preguntarle si trabajará hasta llevar al Patria a las ligas profesionales, se entusiasma y, enseguida, responde que sabe que para eso se necesita hartos recursos.

El nombre del equipo, dice orgulloso el dirigente, se debe a que fue fundado un 10 de Agosto de 1950.

Antonio, conjuntamente con otros miembros del club, ha sobrepasado los límites de la cancha: también le ha entrado duro a la gestión para colaborar con obras en el barrio. En la construcción de la iglesia nueva también estuvo.

En la gestión del dirigente se suma la participación en la armada de la serenata a la Virgen de El Quinche. Este fin de semana será la octava edición. La fiesta es con todas las de ley, con artistas, baile, danza y comida típica. La misa, promociona, será este domingo, a las 11:00.

El hombre se ausentó por algunos años del barrio, pues se fue a trabajar en Estados Unidos. En ese país, dice, toca empezar desde abajo.

La hueca

Amparito Romero con su famoso plato de yahuarlocro. Foto: ÚN

Amparito Romero con su famoso plato de yahuarlocro.

Foto: ÚN

Desde caldos hasta unos buenos secos y un rico morocho. En Chimbacalle, en apenas unos metros, encuentra de todo para llenar el tanque y completar la jornada diaria. La ‘huecota’ del barrio se ubica en el mercado del sector.

En el sitio, donde hay 18 socias fijas, hay tanto para los que les gustan los platillos de sal como para los golosos. Uno de los puestos famosos es el de Amparito Romero.

La mujer de 53 años, pero más animosa que una quinceañera, heredó la sazón y los trucos de su madre, doña María Luisa Puente. La especialidad es el yahuarlocro, con todo 100% borrego.

El seco de chivo es otra de las especialidades en el puesto de Amparito, pero tampoco se quedan atrás el caldo de pato, la lengua y otras delicias.

De lunes a viernes, cuenta, la venta es buena. Sin embargo, el fin de semana, los clientes aumentan (06:30 a 16:00). Ahí es cuando salen a trabajar “las ociosas”. Amparito bautizó así a las ollas grandotas, algunas heredadas. Como hay más gente toca preparar más comida.

Amparito y su hermana, Rocío Romero, hacen combos. Todo con tal de que los clientes se vayan recorriendo un hueco de la correa; como quien dice, bien satisfechos.

Caldo o seco y las tortillas de verde con café le sale por apenas USD 2,70. Como dice la vendedora, santo remedio para un chuchaqui o para levantar muertos.
Amparito prácticamente creció en el mercado. Su mamá, recuerda, la llevaba hasta que aprendió los secretos. Su progenitora, ya fallecida, fue de las vendedoras tradicionales.

Este fin de semana están de pachanga en el barrio
Serenata. Este fin de semana se arma una de las fiestas más importantes de Chimbacalle, la serenata a la Virgen de El Quinche. Este festejo se realiza desde hace ocho años todos los 18 de diciembre. El plato fuerte, además de la misa, es la presentación de artistas, con la participación de la vecindad. Así que si quiere participar será en la calle Llanganates.

Faltan espacios verdes y recreativos en el sector
Pedido. Los vecinos de Chimbacalle dicen que en el barrio hay de todo. Sin embargo, piden que haya más espacios recreativos para la comunidad. Incluso hay quienes sugieren, entre ellos Milton Coello, que se adecúen espacios en la estación del ferrocarril. Aunque hay un estadio, en el sector mencionan que requieren más lugares para el deporte.

Fuente: http://www.ultimasnoticias.ec/las-ultimas/barrio-historia-chimbacalle-vecinos-fiestas.html

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